Categoría: ¿Quién es quién?
4 Diciembre 2007
Había visto mucho más de lo que esperaba en esa semana larga, solitaria y fría, pero no había encontrado lo que buscaba. Repartiendo el disgusto entre el cansancio y la rabia, confiaba en no tener que volver a pasar por algo así. Frustración era la palabra que resumía su estado de ánimo y el cuerpo que lo envolvía no se sentía mejor.
Una semana en la calle, viviendo en medio metro cuadrado al aire y con las comunicaciones imprescindibles como única compañía, había resultado un púgil más contundente que todo su pasado junto. Ya había terminado todo y eso le inyectaba una dosis de ira extra porque, por mucha prisa que hubiese, nada justificaba que retrasasen ni un minuto más ese baño caliente de horas que se había prometido cada uno de esos eternos siete días. Seguía siendo un pelele del que mofarse y se lo hacían saber con saña. Así que esperaba como se espera de los peleles, sin protestar, dejándose abrigar por la asfixiante atmósfera de ese despacho, agradeciendo el café que le calentaba las manos y el estómago, y maldiciéndose por saber que no se atrevería a morder la mano que le ofreciese quien fuese que se dignase a aparecer de una vez.
"Lavar un expediente no es fácil" le había dicho Cerqueira, y su mancha no era de las que se iban sólo con jabón. Ser el último mono de un caso tan delicado como éste casi parecía un premio comparado con la alternativa de pudrirse en el departamento de archivos. Pero la bula exculpatoria había resultado más cara de lo que le pareció cuando aceptó la vigilancia pasiva de veinticuatro horas. "Todo muy real" insistían, "si te descubren no podremos salvarte el culo, ah, y al loro con los de la comisaría del distrito, no saben nada y pueden ir a por ti". Día y noche, sin poder ir ni un rato a casa, "sólo tres paradas para recoger la comida en el agujero, no podemos sustituirte"; sin compañeros cerca o a la vista, "dos levantaríais sospechas"; sin hablar con nadie "no dejes que te tapen el objetivo ni te distraigan"; con un micrófono, una cámara minúscula camuflada en un mitón y un par de armas nada convincentes en los bolsillos por todo apoyo, "y tu intuición, que por eso te hemos escogido"; y con un "tendrás que buscarte la vida, como ellos" de despedida.
Ahora todos estaban decepcionados y enfadados. Ningún resultado, ni siquiera una pista que llevase a otra. Pero qué más daba, no podían reprocharle nada, había cumplido y eso nadie se lo podría negar. Una calle tranquila y poco transitada debería haber descubierto con precisión cualquier movimiento sospechoso así que, o bien se habían equivocado de dirección, o habían subestimado el poder de camuflaje de la calma.
Sólo quería borrarlo todo cuanto antes, pero su cabeza no dejaba de dar vueltas alrededor de las pocas escenas de esa semana que no estaban vacías. No repasaba su trabajo, se estaba recreando en lo que había llenado su día a día esa semana. Era increíble que sólo hubiese tenido que espantar a una persona. No acababa de entender que sólo se le hubiesen acercado dos en todo ese tiempo. El mundo olía peor que su ropa. Le indignaba tanto la falta de interés como el exceso de curiosidad porque, a pesar de la aparente indiferencia, le constaba que su presencia se había convertido en la comidilla del barrio. Oía a los vecinos hablar y especular entre ellos al pasar por delante, sin ningún pudor de ser oídos, como si de verdad no existiese. "Sí, que te digo que es, seguro, que por eso le baja comida todos los días, pero no debe querer que se vuelva a meter en casa, y no me extraña". Bla, bla, bla. Apestaban.
Por fin se abrió la maldita puerta.
- Bueno, pues ya te puedes ir. Están pasando a limpio tu informe y no creo que te necesiten -era el mejor saludo que podía esperar-. Tómate un par de días. Luego te incorporas a tu departamento, como siempre -la sonrisa condescendiente que acompañó al "como siempre" confirmaba su perdón. Castigo zanjado.
Dejó una milésima de segundo la mano en el aire antes de estrechar la de Cerqueira con desgana. Nunca sabría lo cerca que había estado de perderla de un mordisco.
- Necesito una información que tiene que ver con todo esto. Es importante -dijo antes de salir del despacho.
- Ya no estás en el caso, si hay algo que no esté en el informe, deberías decirlo.
- No, es personal -y dejó encima de la mesa del inspector lo que había estado apretando entre las manos-. Quiero saber de dónde habéis sacado este chaquetón.
FIN
servido por MiLady
10 comentarios
compártelo
3 Diciembre 2007
- ¿Sabéis algo de Erme?
- Claro que no, te lo habríamos dicho.
- Ya.
- ¿Por qué? ¿Te has enterado de algo?
- No, qué va. Hace unos días creí que había vuelto.
- ¿Te ha llamado?
- No, verás, ¿te acuerdas del chaquetón gordote de cuadros que le regalamos en la última Navidad?
- El que me obligaste a regalarle, sí.
- Bueno, te pagué la mitad.
- Sí, pero lo había comprado para mí y ni lo llegué a estrenar.
- Es igual. El caso es que creo que es el mismo chaquetón.
- No entiendo nada. ¿Has visto a Erme?
- No, al chaquetón.
- Oye, si sabes algo, dilo.
- Que no, que no sé nada. Es que el otro día, viniendo a casa, al doblar la esquina donde está la cafetería, ¿sabes?
- Sí.
- Pues me dio un vuelco el corazón. Creí ver a Erme al lado del portal, esperando. Pero no era. Llevaba el mismo chaquetón, bueno, hecho un asco pero igualito. Yo no podía verle la cara porque estaba como un ovillo, con la cabeza entre las piernas. Mira, qué susto me llevé. Me acerqué temblando...
- ¿Pero no era, no?
- No, no. Pero se le parecía muchísimo. Me quedé delante, para que me viese, pero no se movía. Al final me atreví y le toqué el hombro para que levantase la cara, y cuando me miró, me eché a llorar de los nervios y del alivio. Pobre, creo que se asustó. Es que hubiese jurado que era...
- Pero no era. No le des más vueltas.
- Pero podría haber sido. ¿No te das cuenta?
- No.
- ¿No piensas nunca que Erme podría estar mendigando o muriéndose de frío en cualquier sitio en este momento?
- No.
- Pues yo sí. Cada vez que veo una noticia de...
- Pues yo intento no pensarlo. No sirve de nada.
- Ayer cuando le llevé la comida, volvió a mirarme. Tiene cara de buena gente. Me gustaría saber...
- ¡No hagas tonterías, por dios! No te metas en líos...
- ¿Pero qué líos? Sólo le doy algo de comida caliente...
- ¿Sólo?
- Bueno, y una manta vieja. Es que hace mucho frío.
- Tú has perdido la cabeza. ¿Tú sabes quién es y qué hace ahí?
- No habla mucho... bueno, no ha dicho nada hasta ahora, sólo me mira y sonríe. Yo creo que no me entiende. Le he preguntado por el chaquetón. Me gustaría saber de dónde lo ha sacado...
- ¡Deja en paz el chaquetón!
- ¿Por qué te pones así?
- Porque parece mentira que tengas tan poco sentido común. Esta gente puede ser peligrosa y tú, que bastante tienes con lo que tienes, vas y le llevas comida, una manta y vete tú a saber qué más, que te conozco...
- No me trates como si fuese idiota. Sé lo que hago..
- ¿Lo saben en casa?
- Ni falta que hace. Saldría Erme a relucir y ya me rompieron bastante la cabeza cuando se fue.
- Es que os arruinó.
- Bueno, ya vale, no empieces con eso.
- ¿Y los vecinos qué dicen?
- Ni lo sé ni me importa.
- ¿No les preocupa tener a alguien viviendo en su calle?
- No lo sé, no me relaciono mucho, pero ya sabes cómo es la gente aquí, mientras no moleste, como si no existiese.
- Oye, prométeme que vas a dejarlo ya. Llama a la policía o a alguno de esos sitios donde recogen gente. Tú no puedes hacer nada, son ellos los que se tienen que encargar. Lo miro yo si quieres y te doy algún teléfono. O mejor, ya llamo yo y lo arreglo. Tú no hagas nada más.
- No te molestes, ya han debido llamar. Vinieron a buscarlo esta semana, pero los vio y salió corriendo. Me lo dijo el de la cafetería. Yo creo que llamó él, aunque se hacía el loco cuando lo contaba.
- Pues mira, más a mi favor. Si puede moverse, puede trabajar. Que se busque la vida y deje de vivir del cuento.
- A lo mejor está ilegal o tiene problemas como...
- ¡A lo mejor sólo tiene un morro que se lo pisa! Tú no vuelvas a acercarte, ¿me lo prometes?
- Te oigo y me cuesta creerlo.
- ¿El qué?
- Que hayas cambiado tanto. ¿Desde cuándo tienes el corazón tan duro?
- No confundas las cosas.
- ¿Pero no lo ves? Podría ser Erme ¿Y si alguien dijese eso mismo de que se encarguen otros, o que se busque la vida? ¿Y si se acaba muriendo o ya se ha muerto porque no le importa nada a nadie? ¿Es que no quieres saber si es su chaquetón?
- Mira, tengo que irme, te llamo otro día.
- Ya.
- Cuídate.
- Vale.
- Y no hagas... bueno, un beso.
- Un beso.
servido por MiLady
6 comentarios
compártelo
26 Noviembre 2007
- Eh, tú.
Por fin levantó la vista del suelo y me miró directamente a los ojos. Había conseguido llamar su atención. Era la tercera vez que me acercaba hasta allí, deseando que fuera la vencida.
La semana anterior, volviendo a casa ya de noche, me había encontrado a ese curioso personaje en mitad de la calle. Entonces quise pensar que se trataba de alguien de vuelta de una juerga en una parada obligada, pero a la mañana siguiente seguía ahí, más o menos en la misma postura, en cuclillas, abrazándose a su propio pecho y con la cabeza bajada. Por la pinta que tenía a la luz del día tuve que descartar razones tranquilizadoras y no me quedó más remedio que preocuparme, así que salí un poco antes hacia el trabajo para poderme parar a interesarme e intentar echar una mano. Nobleza obliga.
Me había vestido con sencillez para no abrumar con mi aspecto inevitable de clase alta, prescindiendo de adornos delatores. Con mi ropa más desgastada y mi mejor intención me acerqué a preguntar:
- Perdone, ¿se encuentra bien? -su mirada en esa ocasión no subió de mis rodillas y el balanceo desganado de su cabeza me dejó ver una sonrisa llena de desprecio-. Bueno, qué tontería, es evidente que no se encuentra bien. Quería decir que si puedo ayudar, no sé, quizá necesite...
Comida, pensé decir, comida, la dirección de un albergue, dinero, ropa decente, un buen baño... pero no me atreví.
- ¡Lárgate! -bufó.
Modales, lo que necesita con urgencia son buenos modales, mascullé, y me fui tratando de digerir por el camino mi contrariedad. Bonita forma de mandar a paseo la lástima.
Al final del día seguía ahí y no pude dejar de asomarme desde la ventana para comprobar si pensaba quedarse, al menos, otra noche más. Mi preocupación no había tenido buena acogida así que me obligué a intentar deshacerme de ella. Y eso hice durante los dos días siguientes, pero su presencia era independiente a mi voluntad y cerrase o no los ojos, ahí seguía, azotando inmisericorde mi conciencia.
Tenía que volver a intentarlo, pero esta vez había tenido tiempo de ponerme en su lugar. ¿Qué querría yo si no tuviese nada y me negase a subsistir con caridad? Un medio de vida, lógicamente. El dinero no era mi problema y tampoco me faltaban cosas que mandar arreglar o pintar, así que volví a bajar antes de lo habitual, teniendo claro que mi oferta no podía ofender a nadie que estuviese en su sano juicio.
- Si le interesa, puedo conseguirle una ocupación -y otra vez esa sonrisa-. Quiero decir... un trabajo.
- ¡Déjame en paz! -gritó cerrando los puños y golpeándose las rodillas-. ¿Qué coño quieres de mí? ¿Eh?
Que te vayas, pensé decir, que te vayas de mi calle, que desaparezcas de mi vida y yo pueda ir y venir y asomarme a la ventana con tranquilidad... pero no me atreví.
- ¡Lárgate! -repitió mientras yo me alejaba casi corriendo.
Cordura, lo que le falta es un poco de cordura, resonó en mi cerebro y me fui tratando de digerir mi segunda contrariedad. En fin, eso ya no era cosa mía, tendría que dejarlo en otras manos.
Comenté el asunto en el despacho y todos menos uno me dieron la razón. Si al volver a casa seguía ahí, no me quedaría más remedio que llamar a la policía, les pasaría el problema y, por supuesto, no volvería a pensar en ello en lo que quedaba de jornada.
Lo malo de las fisuras minúsculas en las razones de peso, es que acaban abriendo boquetes por los que se cuelan montones de dudas razonables. El décimo de los "nueve de cada diez encuestados" había puesto el dedo en la llaga. El lúcido de turno había comentado que quizá no fuese locura sino desconfianza, que quizá interpretase que mi propuesta era ilegal, un trabajo sucio, que quizá se encontrase en la calle justamente por haberse metido en líos por otro buen samaritano, que quizá... Esa noche no llamé a la policía, ni al día siguiente, ni al otro. No quería cargar con un encierro "quizá" innecesario y en la calle nadie excepto yo mostraba preocupación. Ojalá yo también tuviese una de esas vendas tapalotodo, pero no, nací con conciencia y buen corazón; mala suerte.
Imaginando los posibles pasados de mi problemático enigma, descubrí que el factor más recurrente para que se dé un final tan infeliz como terminar en la calle, además de la mala suerte, es la indefensión. Lo que me llevaba siempre a la misma conclusión: nadie que cuente con el apoyo de seres queridos llega a una situación así. La clave era la falta de amor. Por pura lógica, la solución vendría de la mano del afecto. Más concretamente de mi mano, de mi afecto... Superado el escalofrío inicial, decidí que si no era capaz de ignorar a este toro ni sacarlo a varazos de mi plaza, no me quedaba más remedio que cogerlo por los cuernos. Soy de naturaleza resolutiva, qué le voy a hacer.
La ropa vieja acortaba las distancias, bien. La oferta de trabajo correctamente explicada evitaría ofensas, muy bien. Sólo faltaba compartir lenguaje para hacerme entender sin malentendidos. Usaría la brusquedad a la que parecía haberse acostumbrado y desde ella le brindaría mi apoyo, mi afecto. Bueno, para algo tengo cerebro.
Último intento. Me levanté mucho antes previendo el tiempo que podría durar la conversación, bajé y volví a acercarme esta tercera vez llevando ensayado el "Eh, tú" que consideré más adecuado, a saber, entre desafiante y amistoso.
Su mirada directa me pilló tan por sorpresa que el resto del discurso que llevaba preparado se me atragantó.
- ¿Pero tú de qué vas? ¿Cuántas veces tengo que decirte que me dejes en paz? ¿Es que no me entiendes? ¡Que me dejes en paz, joder! ¡Que no me molestes más! - y empezó a levantar los brazos hacia mí-. ¿Que qué ostias quieres?
Que te pudras, quise decir, que te pudras en cualquier rincón del mundo menos en éste, por imbécil por troglodita o por demente, me da lo mismo, que se te lleven lejos y te encierren y tiren la llave al mar y dejes de medirme la ética y comerme la moral un día sí y otro también... pero no me dio tiempo.
Se puso en pie de un salto y puños en alto inició un rosario de insultos mientras yo corría que me las pelaba hacia mi portal.
Llamé a la policía, a la asociación de los sin techo, al teléfono de la esperanza y a los bomberos, pero cada vez que alguien venía ya se había marchado, como si tuviese un radar de alarma en el cerebro, o en el culo, que era lo primero que levantaba. Si me asomaba a la ventana, me miraba, me amenazaba y se reía, hasta que dejé de espiar. Acabé dejando siempre las cortinas cerradas y cambié la ruta para ir al despacho. No me gustan los sobresaltos, así que no me quedó más remedio que hacer como que no existía.
Supongo que sigue ahí, al acecho, esperando. Pero ya no me da ninguna pena y me importa un pito si se muere de asco o se congela de frío. Y si espera que me rinda, va de ala, que yo de aquí no me muevo. Yo estaba primero. Lo que sí que tengo es miedo, sí, lo confieso. No nací como otros con escarcha en las venas que ni sienten ni padecen, ni se apiadan ni se asustan. Es lo malo de no ser de piedra. Si es que no tengo remedio.
servido por MiLady
14 comentarios
compártelo
1 Noviembre 2007
Te has sentado en el sitio exacto, frente a mí, al otro lado del pasillo, bien. No le has dirigido ni un simple vistazo a lo que te acompañará en el recorrido. No quieres fijarte en nada que no te pertenezca, haces bien. Eso es, clava la atención en la ventanilla y dame tu tiempo para llenar mis veinte minutos diarios inútiles; sé tú las páginas que no puedo leer sin marearme y prometo tratarte bien.
Un momento, si esta luz sosa y desganada no me engaña tienes los ojos algo irritados. ¿Has llorado hace poco? Sí, bonita nariz enrojecida a juego. Gracias, es más de lo que puede esperarse de un lunes. ¿A qué le das vueltas mientras haces girar el anillo de tu frágil dedo? ¿Una alianza? ¿Problemas de pareja? Sí, hueles a cárcel, hueles a jaula desde más lejos que mi asiento. Dejas el anillo y descansas la cabeza contra el cristal. Querrías atravesarlo y salir volando por ese cielo que no está a tu alcance, ¿a que sí? No puedes. No puedes volar y seguramente tampoco seas capaz de salir corriendo. ¿Sabes decir "basta"? No, claro, nadie te ha enseñado. Lo que sea que no te abandona te ha arrugado de repente la frente. Un suspiro. Te ahogas. ¿Desde cuándo te ahogas? Tus ojos se cierran con rabia. ¿Lloras? ¿Vuelves a llorar? ¿Lloras todos los días? Deberías hacer que tu mano fuese más rápida, he visto la lágrima antes de que la borraras, te he pillado. Otra; te he vuelto a pillar. Tu nariz no puede contenerte el corazón, va a empezar a gotear de un momento a otro. Corre, busca un pañuelo, eso es, limpia los restos. ¿Qué se te ha caído
del bolsillo? Seguro que maldices lo bien que planean los papeles
sueltos, sobre todo los más indiscretos. Alguien se inclina pero tú
llegas antes al suelo. Le pagas con un mecánico gracias sin mirada.
Pero yo lo he visto. Era un dibujo; un intento de dibujo por manos
pequeñas, aprendices del garabateo. He vuelto a pillarte, he visto cómo se te ha enternecido el alma cuando lo has mirado un momento antes de guardarlo. Los hijos endulzan tanto como amargan, por eso yo no los quiero, creo que es por eso. No me parece prudente que vuelvas a dejar que sea el cristal el que te sostenga, una cabeza tan llena de lastres tiene que pesar toneladas. Y te duele, lo que sea que la ocupa te duele.
Ya falta poco, has mirado el reloj y has suspirado. Ya falta poco. Sacas una caja. Pastillas. No vas a encontrar el remedio en esa caja. Tomas una pastilla y parece que también una decisión. Has sacudido la cabeza. Respiras hondo, no es un suspiro, es la bocanada previa al "no pasa nada". Haces bien, sacude, aparta, ignora; sigue el guión con la toda la dignidad que puedas. Me caes bien. Empiezo a sentir ganas de consolarte, ya sabes, ese hombro injustificado y mal visto. Si me acercase a preguntarte, si te dijese que quiero ayudarte, pasarías del asombro al miedo y de mí sí que saldrías corriendo. Es una pena, porque somos mejores cuando no nos conocemos. Te deseo suerte, de todas formas ya no puedes contar conmigo, tengo que bajarme. ¿Tú también? Perfecto, tú primero. Hoy tengo estrella, un lunes de lujo, parece que salimos por el mismo sitio. Te sigo. Me gusta mucho cómo llevas el paso, ritmo de soldado hacia el frente, y la estela de tu aroma, ni demasiado dulce ni demasiado seco. Bendita sea esta forma obligatoria de ir casi pegados por las escaleras por la falta de espacio; estás tan cerca. ¿Qué pasa? Te paras tan de golpe que no tengo tiempo a esquivarte y mientras te empujo sin querer, escucho como un estruendo. ¿Un estornudo? Tremendo. Te giras y por primera vez me ves y yo tartamudeo un profundo "lo siento".
- No, perdona, he sido yo. Como no llueva pronto esta alergia va a acabar conmigo.
Y te alejas.
servido por MiLady
18 comentarios
compártelo
4 Octubre 2007
- ¿Se puede saber qué estás haciendo?
- Lo que faltaba. Oye, esta situación ya es suficientemente incómoda, no la empeores.
- Ya, supongo que estar de rodillas con medio cuerpo metido en la basura no debe ser muy cómodo.
- No tengo medio cuerpo metido en la basura.
- ¿Ah no? Veamos: estás de rodillas, de eso no hay duda, junto a una papelera,¿o debería decir encima de ella?, es difícil escoger el adverbio.
- Vale ya.
- No, no, es importante precisar. Tu cabeza ha superado el borde circular superior de la papelera y se ha introducido en parte: la cara dentro y el resto de la cabeza permanece fuera, aunque no creo que por mucho tiempo. Los que llevan un buen rato sumergidos por completo “dentro” son tus brazos. Veamos, lo que hay dentro no hace la mitad así que, tienes razón, no tienes medio cuerpo metido en la basura, apenas un tercio.
- Vete al cuerno. ¿Vas a ayudarme?
- ¿Con este recibimiento? Ni en sueños.
- Pues desaparece.
- No quiero.
- Todo esto es culpa tuya.
- ¿Culpa mía? ¿Que rebusques entre la basura de una papelera en esta gasolinera, es culpa mía? Ni siquiera me consultaste cuando aceptaste este trabajo de mala muerte, ni los anteriores.
- Tú nunca estás de acuerdo cuando se trata de hacer lo que se debe hacer. Lo tuyo es soñar, ignorar la realidad, coleccionar buenos recuerdos para crear más sueños ¿no? Pues mira lo que tus fantasías han conseguido: nada, menos que nada. ¿Qué pasará si no encuentro ese maldito papel? ¿Cuál de tus películas vas a usar para salir de ésta? No tenía que haberte hecho caso nunca.
- Y no me lo has hecho…
- Ojalá hubiese podido ignorarte siempre.
- Ya empezamos.
- Yo habría podido tener una buena vida si no fuese por ti.
- Estás desbarrando.
- Tendría que haber acabado contigo en el mismo momento en que apareciste…
- ¿Con cinco años? ¿cuatro, tres…? Compartimos la misma vida, imbécil.
- No, tú me has robado mi vida, la has envenenado con tus ansias de libertad y me has convertido en lo que soy.
- ¡Oh! Pobre, pobre ser infeliz e insatisfecho por culpa de su imaginación. Yo podría acusarte de lo mismo, patética representación del deber; ten la seguridad de que yo ya estaba cuando tú apareciste, quizá has sido tú quien me ha robado a mí. ¿Sabes dónde estaría yo si no me hubieses amordazado en muchas ocasiones con tu asfixiante sentido de la realidad?
- ¿En el Paraíso de Los Locos? ¿O en un bonito y acogedor refugio para indigentes?
- Vete a la mierda.
- ¡Ya estoy en ella!
- Sólo un tercio… podrías zambullirte del todo en la papelera.
- Lo he intentado pero no quepo. No te rías, si te ríes me contagiarás. Si me pilla el encargado partiéndome de risa en esta postura junto a la papelera, se acabó, encuentre el papel o no, me echarán.
- Vale, me das pena, te ayudaré.
- ¿A encontrar el papel?
- Sí, pero hoy no. Mañana.
- Mañana, mañana… Es tu palabra favorita.
- No seas plasta. Tu turno se ha terminado hace rato y mañana llegarás mucho antes de que vacíen las papeleras. Además, no creo que el papel esté ahí.
- ¿No? ¿Y dónde puede estar si no?
- Hay varias posibilidades, pero no diré ni una palabra hasta que no te levantes y nos vayamos. Voy a enfermar si sigues un minuto más de rodillas.
- ¡Oh! Claro, la imaginación siempre tan digna.
- Y la realidad siempre tan humillante, aunque bien vestida, eso sí. Llevas un bonito traje.
- De acuerdo, pero prométeme que no es uno de tus trucos para zafarte del problema.
- Yo nunca prometo, ya lo sabes. Tendrás que confiar en mí.
- No me queda más remedio, empiezan a dolerme las piernas. ¿Tú no notas los años?
- Imposible, sólo los cumples tú. Yo incluso creo que he rejuvenecido.
- Sí, dicen que la vejez se parece a la infancia. Supongo que cuando entre en la tercera edad, tú habrás vuelto a la primera y serás quien mande.
- Lo estoy deseando.
- Qué narices tienes. Como si no hubieras mandado nunca. Soy yo quien ha tardado años en asumir el control.
- ¿Control? ¿A esto le llamas control? Venga, di hasta mañana y vámonos. Y sacúdete los pantalones que están hechos un asco.
- Vale, me voy a casa. Tengo un montón de cosas que hacer.
- Deberías descansar, has tenido un día difícil. Podríamos ir al cine, hay una buena cartelera.
- No empecemos.
- Yo sólo…
- Tengo bastante con tus propias películas, gracias, y lo único que tienen de bueno es que no pago entrada. ¿Dónde crees que puede estar el maldito papel?
- Hemos dicho mañana.
- Eres insoportable. Parecemos un mal matrimonio.
- Peor: un “dos por uno”. ¿Por qué es tan importante ese papel?
- No lo entenderías.
- Prueba.
Continuará...
servido por MiLady
sin comentarios
compártelo
4 Octubre 2007
- Te va a sonar a chino, pero vale.
- Mmhh... Oriental…Lo domino, sigue.
- Verás, es parte de una campaña. Trabajo para esa campaña. Se trata de conseguir socios, clientes, como quieras llamarlos. Tengo que hacer un mínimo a la semana si quiero conservar el trabajo y el papel que busco es la suscripción que necesito para salvar esta semana. No la encuentro, creo que la tiré por error a la papelera. Mierda.
- ¿Y no puedes hacer más clientes mañana?
- Es sábado, el último día y el peor. Los sábados rara vez consigo algo. Si no cumplo no me contratarán la próxima semana.
- Eso es una putada.
- Así están las cosas.
- Busca otro trabajo.
- Esto es lo que encontré buscando otro trabajo.
- Pues no habrás buscado bien. Tiene que haber algo mejor.
- Éste es de los mejores, no tengo que ir de puerta en puerta.
- Ya, es mejor de papelera en papelera.
- ¡Tengo Seguridad Social!
- ¿Seguridad?
- Te dije que no lo entenderías. Para ti todo esto debe ser muy raro, pero te aseguro que en mi mundo es de lo más normal.
- Para mí no hay nada raro. Sólo distingo entre agradable y desagradable y lo que cuentas es muy desagradable.
- Ya.
- Antes has dicho una estupidez, pero la has dicho como si realmente te la creyeras.
- ¿Qué?
- ¿Piensas de verdad que tú estabas tranquilamente analizando tu chupete cuando yo llegué de la nada?
- Es que fue así. ¿Qué? Esas carcajadas están de más y se nota que son forzadas.
- Es que no sé si reír o llorar.
- Mira, no tengo ganas de discutir y me da igual si llegaste después o ya estabas. Sólo sé que sin ti todo habría ido mucho mejor.
- ¿Cómo de mejor? Pon un ejemplo.
- Déjalo.
- No, no lo dejo. Me he hartado de escuchar continuamente tus reproches. Vas a tener que explicarlos o dejar de hacerlos. ¿Cuándo te ha ido mejor sin mí?
- He dicho que lo dejes.
- Y yo que no me da la gana. Me niego a que me sigas usando de excusa para aliviar tu triste sensación de derrota. ¿Quieres ese puto papel? Pues vas a tener que hablar conmigo, mejor, vas a tener que darle un buen repaso a esa vida tuya tan desgraciada por mi culpa y tendrás que escuchar cómo habría sido la mía si tú no la hubieses jodido los últimos veinte años.
- ¿Tienes una sobredosis de ensoñación?
- Tengo indigestión de chorradas. No pongas esa cara de asombro y arranca el coche de una vez que hace un frío que pela.
- Usa uno de tus sueños tropicales.
- No es fácil concentrarse a diez bajo cero.
- Creo que es la primera vez que te cabreas tanto.
- Para mí tampoco están siendo fáciles los últimos tiempos. De eso se trata.
- ¿A qué le llamas un buen repaso?
- A que sustituyas tus “siempre”, “nunca”, “todo” y “nada” por “cuándos”, “cómos” y “porqués”. Que dejes de generalizar tus dramas y los analices un poquito, a ver si los entiende “alguien”.
- ¿Y si no quiero?
- Te quedas sin papel.
- A lo mejor no vale tanto.
- Para mí, nada. Tú sabrás.
- Y, ese repaso que pretendes hacer…
- Que vamos a hacer.
- Vale, que vamos a hacer, ¿por dónde debería empezar?
- Por el primer hecho, en tu caso; o el primer sueño, en el mío.
- O sea, por el primer recuerdo, sea de quien sea.
- Sí, pero será mejor que empecemos cuando lleguemos a casa.
- ¿No te urge tanto?
- Es que vamos a ser tres y ya te cuesta bastante conducir bien cuando sólo hablas conmigo.
- ¿Tres?
- Si no queremos convertir esto en un lanzamiento interminable de acusaciones, necesitaremos un testigo imparcial.
- ¿Quién?
- Si todo se reduce a recuerdos, ¿quién mejor que la memoria?
- Pues lo llevamos claro.
- Eh, nuestra memoria no es muy buena grabando datos que no le interesan: nombres, fechas y todo eso, pero no creo que se le haya escapado ninguna de las grandes sensaciones que le hemos proporcionado, reales o imaginarias; ni las situaciones importantes o las emociones que han merecido la pena.
- Ni los sentimientos profundos.
- Ésos son cosa tuya. En cualquier caso, servirá.
- Le gustará intervenir.
- No creas.
- Que sí. Antes era muy vaga para buscar recuerdos que no fuesen inmediatos, pero de un tiempo a esta parte le ha dado por el pasado y trabaja como una loca.
- Dímelo a mí que a veces tengo que echarla a codazos para que me deje sitio. Estará envejeciendo, como tú.
- En ese caso debería debilitarse, como yo.
- Y se debilita, pero sólo en parte, ya sabes, los archivos prácticos.
- ¡Bien! Un sitio en la puerta.
Continuará...
servido por MiLady
sin comentarios
compártelo
4 Octubre 2007
- Deberías cambiar de coche.
- Claro, mañana mismo. Tengo suerte de poder conservar éste.
- ¿Cuánto tiempo tenemos? De tranquilidad, digo.
- ¿Desde cuándo tienes noción del tiempo?
- Desde que me dedicas poco.
- No sé. Supongo que tendremos la casa libre una hora, dos como mucho.
- Intenta no enrollarte, tendrá que ser un repaso rápido.
- Eso debería decirlo yo. Iré avisando a la memoria mientras me cambio.
- ¿No puedes dejar eso para luego?
- No soporto estar en casa con la ropa de calle. Tú puedes ir buscando tu primer sueño.
- Lo tengo a mano. No sé porqué vino a mí cuando te pusiste de rodillas delante de la papelera.
- ¿Por qué haces tanto hincapié en que estuviese “de rodillas”? No estaba suplicando ni adorando a nadie. No aguanto mucho tiempo en cuclillas.
- Podías haber conseguido un taburete, o una bolsa gigante para vaciar la papelera y buscar después, o...
- Tú podrías haber dicho eso antes si tan útil pretendes ser.
- Vale, vale. ¿Estamos todos?
- Espero serviros de ayuda.
- Seguro que sí memoria, gracias por venir. Bien, ¿quién empieza?
- A mí me da igual, va a ser una pérdida de tiempo.
- ¡Habló la razón!
- El sentido común, que viene a ser lo mismo.
- Tienes muchos nombres. Estoy en minoría, así que empezaré yo. Mi primer sueño, al menos el primero de los que conservo, es el de un pájaro enjaulado. No sé decir con exactitud a qué edad. Era un pájaro enorme, gris y marrón, apenas podía moverse dentro de la jaula. Yo busqué con mis manitas la puerta y la abrí despacio, muy despacio. A medida que la puerta de la jaula se abría, el pájaro se hacía más y más pequeño, hasta que pudo salir por ella y se alejó volando por el cielo. Antes de irse se posó sobre mi hombro y me dio un dulce beso en la mejilla con su pico. ¿Te suena de algo, memoria?
- No me acuerdo…
- Joder, lo sabía. Esto es absurdo.
- Déjala terminar.
- No me acuerdo de que se abriera la puerta ni de que el pájaro escapase. Era una perdiz, tu padre te la había traído de regalo en una de sus cacerías. Tenías dos años y estuviste todo un día mirándola y llorando hasta que se la llevaron, no sé a dónde. Lo siento, es todo lo que recuerdo.
- ¿Lo ves? ¿Tienes algún hecho relacionado con el pájaro?
- Perdiz.
- Perdiz.
- No, no tengo ninguno.
- Bien. Anota, memoria: dos años mi primer sueño. Te toca.
- El hecho más temprano que puedo contar está relacionado con una mujer rubia, de pelo largo, vestida de blanco. Me sentaba en un banco del parque y se comía mi merienda mientras yo la miraba. Creo que tenía también dos años. Por algún motivo nunca se lo dije a nadie y siempre que lo recuerdo me enfado por no haberlo contado.
- Típico en ti, te sientes mal tanto si haces lo que debes como si no.
- Hemos dicho que nada de acusaciones gratuitas.
- Perdona. Memoria, ¿cómo lo ves?
- Es un recuerdo muy nítido, hace poco que lo revisé. Esa mujer te trataba con brusquedad y tú te asustabas mucho. Esa niñera no duró demasiado. Tenías más de tres años, casi cuatro.
- ¡Tres años, casi cuatro! ¡Ja! ¡Un sueño antes que una realidad! ¿Quién desplazó a quién, eh?
- Ya te he dicho que no me interesa quién llegó primero y si vamos a discutir momento a momento nuestras vidas, no creo que acabemos antes de un año.
- Pues vayamos al grano. Buen trabajo, memoria.
- Hago lo que puedo.
- ¿Y cuál es el grano según tú?
- El momento, los momentos en los que las decisiones tomadas han sido las equivocadas, las que nos han ido trayendo de la mano, o de los pelos, hasta el día de hoy. Cuáles fueron esas decisiones y quién las tomó: tú o yo. En definitiva, sobre quién recae la responsabilidad de que estuvieras esta tarde en la gasolinera de…
- ¡De rodillas, sí! Ya lo has dicho mil veces.
- …buscando desesperadamente entre la basura un papel del que crees que depende tu futuro. Siento repetirme, no es lo mío, pero es necesario aclarar el objetivo de esta charla.
- No parece que lo sientas.
- ¡Mari! No sé si la mujer rubia se llamaba Mari, pero relaciono ese nombre con ella.
- Gracias memoria, es suficiente.
- De la que recuerdo perfectamente el nombre es de la joven que apareció en tu vida el día de tu cuarto cumpleaños: Carmen, un ángel…
- Sí, sí, no hace falta que sigas, gracias.
- Pues mira, tengo un momento, una decisión. No sé si fue la primera vez que metí la pata en serio, pero tuvo consecuencias definitivas.
- Tengo un montón de registros de Carmen y todos buenos.
- Ya, en otro momento memoria.
- ¿No queréis un resumen?
- Olvídate de Carmen.
- ¡No puedo!, fue muy importante.
- ¿Cuál? ¿Qué decisión?
- Cuando dejé de estudiar.
Continuará...
servido por MiLady
sin comentarios
compártelo
4 Octubre 2007
- Cuando dejaste de estudiar…Tiene gracia. ¿Y cuándo se supone que habías empezado?
- Quiero decir cuando dejé la universidad.
- Ingreso en Ciencias Políticas e Historia.
- ¿Cuál de las dos veces?
- Cualquiera de ellas. Mi situación no sería la misma si hubiese terminado mis estudios.
- ¡Premio al topicazo!
- Universidad… Sólo tengo Cafeterías…
- No es ningún tópico. Es mucho más difícil encontrar un buen trabajo si no puedes demostrar una formación.
- En tu caso es muy difícil, imposible diría yo, encontrar un buen trabajo, punto. Pero no porque abandonases las dos carreras que empezaste sino porque jamás has hecho nada que de verdad te interese, punto final.
- No intentes escurrir el bulto.
- ¿Y yo qué tengo que ver?
- Que si no me hubieras llenado la cabeza de tonterías, habría sido capaz de sentarme a estudiar con disciplina, como la gente sensata.
- Es el colmo. Óyeme bien, si me hubieses hecho caso, te habrías dedicado a cosas muy distintas a las que has hecho y cuando digo dedicado, incluyo la parte de la formación correspondiente.
- Lo que tú digas…
- Eh, dejaste de estudiar porque te aburrías soberanamente y la decisión de empezar a trabajar en seguida se debió a tus ganas de ser económicamente independiente, lo que en tu caso se tradujo por “que papá no me toque las narices” y te aseguro que eso no fue cosa mía. Vivíamos bien.
- Tú vivías bien.
- Como quieras, el ejemplo me viene al pelo. Memoria, por favor, busca ese momento.
- ¿Cuál?
- En el que le hizo saber a su padre su decisión de matricularse la primera vez, en Historia.
- Ciencias Políticas. Ésa fue la primera.
- Es igual. El momento en el que decidiste estudiar algo que no te fastidiase demasiado, en lugar de lo que te apasionaba. Hay muchos momentos anteriores pero éste es estupendo.
- Pues de esa Facultad, además de los registros de Cafetería, tengo un profesor de barbas muy serio que jugueteaba con una tiza todo el tiempo. Pero son sólo un par de imágenes.
- No memoria. La conversación con su padre.
- Yo no lo llamaría Conversación.
- Yo tampoco.
- Hubo una Pregunta y una Respuesta.
- ¿Qué pregunta?
- “¿Ya has decidido en qué te vas a matricular?”
- Respuesta:
- “Políticas. Es la que más salidas tiene.”
- Vaya mierda de respuesta.
- No, el cuerpo diplomático era una buena opción.
- Memoria, ¿qué estaba haciendo un minuto antes de esa “conversación”?
- No me acuerdo…
- Yo sí. Estabas en el escenario de un estadio abarrotado de gente. Uno de tus mejores conciertos.
- ¿Un Concierto? No tengo ningún Concierto en Estadios hasta mucho después, y no dejaban subir al escenario.
- Me temo que no tienes testigo para tu momento.
- No hagas trampas. Memoria, olvídate del minuto antes. ¿Qué solía hacer por aquella época cuando se encerraba en su habitación?
- No vale, no es el mismo momento.
- Pero es la misma decisión. ¿Memoria?
- Tenéis que esperar, la Habitación ocupa una barbaridad de registros: Juegos, Estudios, Reuniones, Discusiones, Sexo…
- Te lo pondré más fácil. ¿Qué hacía cuando no hacía nada de todo eso, o sea, la mayor parte del tiempo?
- A ver… Sí: encendía el radio-cassette, bajaba el volumen, sujetaba una linterna con una mano, se la acercaba a la boca y movía los labios poniendo caras raras sin dejar de moverse. Saltaba mucho.
- Daba conciertos.
- ¿Por qué bajaba el volumen?
- Para poder oír si alguien se acercaba a la habitación.
- Nunca llamaban a la puerta antes de entrar.
- ¿Por qué no cerrabas con pestillo?
- Porque estaba prohibido en casa.
- “No cierres por dentro, puede ser peligroso”.
- Todo el mundo se ha imaginado cosas por el estilo. ¿Y?
- Que tú no sólo lo imaginabas. Lo deseabas. Componías letras, melodías, los arreglos, cuidabas la iluminación, la escenografía… todo. Era un deseo con mayúsculas.
- Eras tú quien me empujaba.
- Yo no te necesito para funcionar. Cuando trabajo no tienes porqué moverte. Da igual si estás en la cama, en una silla o de pie; no te mueves, dejas que yo me ocupe de llenar tu tiempo y nunca ha parecido disgustarte.
- ¿Perder el tiempo con ensoñaciones absurdas?
- Vivir otra vida, aunque no sepas apreciar ninguna de las dos. Eras tú quien querías dedicarte a la música, yo sólo te ayudaba a darle forma a tu deseo.
- No, no. Recuerdo perfectamente los impresos de Solicitud de Matrícula, los miraba una y otra vez y nunca pidió el Ingreso en ninguna carrera de Música, ni siquiera como últimas Opciones.
- Nunca has sido tan feliz como en aquel escenario, confiésalo.
- Tengo que insistir en que cometes un error. Estoy llegando a los Cuestionarios Escolares y no aparece nada ni en el apartado de Aficiones…
- ¿Qué ponías en aficiones?
- Qué mas da.
- Natación y Lectura. Sí, Natación y Lectura.
- Así que jamás tuviste el valor de confesarlo. ¿Ni siquiera a tus amigos?
- Vais muy deprisa, esperad… Conversaciones, Conversaciones Íntimas…
- No te molestes memoria. Ni siquiera a mis amigos.
- ¿Por qué?
- No lo sé. Supongo que porque era algo ridículo, nunca lo consideré como una posibilidad.
- Ya. Pensabas que era cosa mía.
- Sí, como lo de los salvamentos heroicos, las historias de amor imposibles o los mundos inexistentes.
- Pues no fui yo quien se cargó la linterna haciendo acrobacias con el micrófono.
- Dos linternas. La “De regalo con las pilas” también se acabó rompiendo. Tu madre se enfadó más con la segunda, aunque había sido Gratis.
- ¿Y qué más da si lo dije o no? Era una tontería, hubiese sido un fracaso. Yo, viviendo de la música, ¡ja!
- En el campo de Halagos hay muchos registros sobre tu buen oído y las canciones que inventabas con la flauta. Los hay desde los cinco años, alguno anterior incluso…
- Hay millones de personas con buen oído.
- Aprendiste a tocar la guitarra sin ayuda.
- Eso no significa nada.
- Nunca lo sabrás y es una pena. Me hubiese gustado trabajar contigo en eso.
- ¡Lo he encontrado! Sí, hay recuerdos de Estudios Musicales.
- El año de piano en el colegio no cuenta.
- Había un piano, en efecto, pero tú no llegaste a tocarlo. Permanecías de pie delante de él mientras una señora muy antipática te hacía repetir una y otra vez las notas con la voz.
- Solfeo.
- “Aproximación a la música” se llamaba. Hay un fuerte olor a ajo relacionado con la señora.
- Señor, qué coñazo.
- Así que renunciaste por aburrimiento.
- La señora te daba una palmada en la mano cuando te equivocabas. Muy Antipática.
- ¿Por qué no probaste en otros sitios?
- Al año siguiente dije en casa que no quería seguir y nadie dijo nada. Tampoco a mí me parecía tan importante como para insistir, ¿para qué?
- Entonces renunciaste por miedo.
- Yo creo que fue por el ajo.
- ¡Qué más da! ¿Qué tiene que ver eso con no haber seguido estudiando Políticas?
- Mucho. Me gustaría que contestases con sinceridad a una pregunta: ¿crees que yo tuve la culpa de que no te tomases en serio la música?
- No.
- Pues si no me culpas de no haber estudiado lo que te gustaba, no lo hagas con el resto.
- No es lo mismo. Cada vez que abría un libro aparecías para distraerme con tus bobadas.
- Yo sólo aparezco cuando me llamas y me llamas cuando no soportas lo que tienes delante. No recuerdo haberte “invadido” mientras prestas atención a algo, ni siquiera cuando lo haces por pura conveniencia y no por interés.
- ¡Venga ya!
- Memoria, ¿algún dato de reuniones o cursillos de trabajo interrumpidos por falta de atención?, ¿alguna amonestación por distracciones?
- Te estás pasando.
- Te advertí que no ibas a poder seguir acusándome sin demostrar lo que dijeras. Estamos en ello.
Continuará...
servido por MiLady
sin comentarios
compártelo