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La Coctelera

MiLady

Y yo me quedo mirando, perfectamente situada, mitad viva mitad muerta, resumida y reeducada.

Categoría: Cuentos

21 Enero 2009

La mirada del Tritón

Hay un cuento que debería haber estado aquí desde hace mucho, porque es en este espacio donde nació. Éste es el cuento y, sin lugar a dudas, éste es su sitio:

"Hace tantos años como veces se ha recordado esta leyenda, un Tritón descendiente del primero y conocedor del destino que todos los suyos habían compartido, decidió darle la espalda a su estirpe y no reparar nunca en las Nereidas.

Consiguió que su naturaleza le obedeciera cada vez que su azulada cabellera se erizaba por el canto de alguna sirena, cerró sus fieros ojos a los destellos de sus colas y no volvió ni una vez su olímpica cabeza al compás de las estelas que sus cabellos dejaban entre las olas.

Y así la voluntad reinó la mitad de su vida, hasta que en un ocaso de especial belleza, el Tritón se fijó en una sencilla figura. Era una solitaria mujer temerosa de las profundidades que buscaba en la orilla cantos rodados para adornar su hogar. Se permitió contemplarla, pues no vio nada en ella que pudiese recordarle ningún pasado del que huir. Cuando pudo salir de la contemplación, el Tritón se había acercado tanto a la orilla que la mujer reparó en su presencia sin tiempo a camuflajes.

Entonces, la mujer lo observó y vio a un Tritón desconcertado de mirada de agua limpia y expectante, y sonrió admirada desde su dulce asombro. Por eso y no por la belleza, pudieron seguir acercándose despacio hasta tocarse sin recelo, porque ni la resistencia del Tritón ni la desconfianza de la mujer, tuvieron cabida en esa escena.

Así fue cómo la voluntad legendaria del hijo de Neptuno y la reserva atávica de la hija de Eva, fueron vencidas en un instante de amor. Y así fue cómo el tritón se convirtió en Hombre y la mujer en Sirena y pudieron recorrer juntos todos los mares y todas las tierras."

* Basado, ligeramente, en la antigua leyenda nórdica de “Inés y el Tritón" y dedicado al mejor de mis sueños y a la más vitalista de mis realidades.

Tags: amor

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7 Noviembre 2007

El mercader y el calor

"Era evidente que todos se asfixiaban en ese soleado salón: los habitantes, las visitas y los mercaderes que esperábamos para negociar, todos a coro resoplando, cada uno al ritmo de su disimulo. Así que no era raro que también me asfixiase yo, que ya llevaba mucho rato pendiente de mi turno tanto como del calor.
Cuando el sudor empezó a afearme el aspecto, me encaminé decidido hacia una de las muchas ventanas para dejarle paso a alguna brisa que hubiese estado antes a la sombra. El ¡No! terminante de un viejo conocido me frenó, y antes de escuchar mi protesta comenzó a explicarme que la Dueña no consentía en abrir sus ventanas, nunca, y que hasta las puertas y los portones guardaban celosos que entrara lo imprescindible entre cerrarse y cerrarse. De las razones no me habló y sospeché que más por falta de ellas que por discreción. Otro cliente sin juicio.
Calculé lo que faltaba de espera y cuánto aplomo se me llevaría el sudor. Mi negociación era difícil, la de las novedades lo son, el precio de la mía era muy alto y su valor desconocido. Sin un poco de fresco que me devolviese algo de brillo no sabría cómo hacerme escuchar ni vender las maravillas del invento, ya que no dependía de él ni de ningún otro trasto mi convencimiento, sino de mantener mi aspecto impecable. Una limitación para quien quiere hacer del negocio una profesión.
Sumados los contras no esperé a los pros. Sí, todos mis poros decían que esa manía de no dejar correr el aire cercenaba mi negocio. Maldije a esa Dueña cierralotodo, a mi ignorante proveedor y hasta al mismísimo aire por no entrar huracanado a rescatarme de ese cruel calor. Soy mercader y mi tiempo es oro, dije antes de empezarme a marchar dejando en manos de la frase una razón que no me pudiesen quitar. Anticipé despedidas corteses para cortar preguntas que me retuvieran y mis explicaciones, que no iban a ser más claras que los motivos de esa loca para atrancar las ventanas.
Ya me iba, ya casi tocaba la burlona puerta de salida
cuando la voz más amable y menos terca que había oído hasta entonces sonó a mi espalda empapada como si pidiera perdón: Señor, mercader de novedades, venga conmigo, que estoy deseando conocer eso que llaman ventilador.
Y así fue como conocí a la abuela, que sigue empeñada en lo bien que me sienta el calor."
- ¡Cuéntalo otra vez, abuelo!
- ¡No! ¡Mejor dinos por qué cerraba por entonces la abuela siempre las ventanas!
- Eso, pequeños, nunca se lo he preguntado y creedme, me alegro de no saberlo.
- ¿Y eso por qué?
- Porque al poco de tratarnos las abrió, y no quiero que se acuerde de algún antiguo capricho o algún oscuro recuerdo que me las vuelva a cerrar. Alguna ventaja tiene ser un mal negociador.

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1 Noviembre 2007

Cercanías

Te has sentado en el sitio exacto, frente a mí, al otro lado del pasillo, bien. No le has dirigido ni un simple vistazo a lo que te acompañará en el recorrido. No quieres fijarte en nada que no te pertenezca, haces bien. Eso es, clava la atención en la ventanilla y dame tu tiempo para llenar mis veinte minutos diarios inútiles; sé tú las páginas que no puedo leer sin marearme y prometo tratarte bien.

Un momento, si esta luz sosa y desganada no me engaña tienes los ojos algo irritados. ¿Has llorado hace poco? Sí, bonita nariz enrojecida a juego. Gracias, es más de lo que puede esperarse de un lunes. ¿A qué le das vueltas mientras haces girar el anillo de tu frágil dedo? ¿Una alianza? ¿Problemas de pareja? Sí, hueles a cárcel, hueles a jaula desde más lejos que mi asiento. Dejas el anillo y descansas la cabeza contra el cristal. Querrías atravesarlo y salir volando por ese cielo que no está a tu alcance, ¿a que sí? No puedes. No puedes volar y seguramente tampoco seas capaz de salir corriendo. ¿Sabes decir "basta"? No, claro, nadie te ha enseñado. Lo que sea que no te abandona te ha arrugado de repente la frente. Un suspiro. Te ahogas. ¿Desde cuándo te ahogas? Tus ojos se cierran con rabia. ¿Lloras? ¿Vuelves a llorar? ¿Lloras todos los días? Deberías hacer que tu mano fuese más rápida, he visto la lágrima antes de que la borraras, te he pillado. Otra; te he vuelto a pillar. Tu nariz no puede contenerte el corazón, va a empezar a gotear de un momento a otro. Corre, busca un pañuelo, eso es, limpia los restos. ¿Qué se te ha caído
del bolsillo? Seguro que maldices lo bien que planean los papeles
sueltos, sobre todo los más indiscretos. Alguien se inclina pero tú
llegas antes al suelo. Le pagas con un mecánico gracias sin mirada.
Pero yo lo he visto. Era un dibujo; un intento de dibujo por manos
pequeñas, aprendices del garabateo. He vuelto a pillarte, he visto cómo se te ha enternecido el alma cuando lo has mirado un momento antes de guardarlo. Los hijos endulzan tanto como amargan, por eso yo no los quiero, creo que es por eso. No me parece prudente que vuelvas a dejar que sea el cristal el que te sostenga, una cabeza tan llena de lastres tiene que pesar toneladas. Y te duele, lo que sea que la ocupa te duele.

Ya falta poco, has mirado el reloj y has suspirado. Ya falta poco. Sacas una caja. Pastillas. No vas a encontrar el remedio en esa caja. Tomas una pastilla y parece que también una decisión. Has sacudido la cabeza. Respiras hondo, no es un suspiro, es la bocanada previa al "no pasa nada". Haces bien, sacude, aparta, ignora; sigue el guión con la toda la dignidad que puedas. Me caes bien. Empiezo a sentir ganas de consolarte, ya sabes, ese hombro injustificado y mal visto. Si me acercase a preguntarte, si te dijese que quiero ayudarte, pasarías del asombro al miedo y de mí sí que saldrías corriendo. Es una pena, porque somos mejores cuando no nos conocemos. Te deseo suerte, de todas formas ya no puedes contar conmigo, tengo que bajarme. ¿Tú también? Perfecto, tú primero. Hoy tengo estrella, un lunes de lujo, parece que salimos por el mismo sitio. Te sigo. Me gusta mucho cómo llevas el paso, ritmo de soldado hacia el frente, y la estela de tu aroma, ni demasiado dulce ni demasiado seco. Bendita sea esta forma obligatoria de ir casi pegados por las escaleras por la falta de espacio; estás tan cerca. ¿Qué pasa? Te paras tan de golpe que no tengo tiempo a esquivarte y mientras te empujo sin querer, escucho como un estruendo. ¿Un estornudo? Tremendo. Te giras y por primera vez me ves y yo tartamudeo un profundo "lo siento".
- No, perdona, he sido yo. Como no llueva pronto esta alergia va a acabar conmigo.

Y te alejas.

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4 Octubre 2007

El naufragio y el vergel

EL NAUFRAGIO

Recuerdo a alguien a quien no puedo fingir no conocer. Es un recuerdo lejano y próximo a la vez de alguien recién salido de un buen naufragio, uno de esos que dejan coletazos de torbellinos de agua tan peligrosos o más que el hundimiento. El recuerdo me parece ajeno, pero soy yo. Recuerdo buscar oxígeno entre la confusión de tanta marea enfrentada. Recuerdo no entender a qué venía una gigantesca lengua de mar succionándome cuando ya se suponía que había pasado todo. Recuerdo sentir el agotamiento del "no puedo más". Recuerdo haber decidido no volver a pelear, simplemente, dejarlo estar, dejarme estar, dejarme tragar sin pataleos. Recuerdo rendirme a la inercia, descender con mi peso multiplicado e ignorar el ahogo y fingir movimiento.

Recuerdo romperme sin querer durante ese trayecto obligado hacia el fondo. Recuerdo extenderme sobre mi fractura, agradecer su colchón benévolo y recostarme sobre él sin preguntas, y dormir, dormir todo lo que se me permitió. Recuerdo abrir los ojos entre sueños y ver la superficie acercándose despacio a mi cara.


Recuerdo chapotear sin ninguna esperanza, sin más ganas que las de apoyar la cabeza en algún flotador, sin más interés que seguirme meciendo a la deriva. Recuerdo el cambio de humor de la desgana, el despertar del interés y la atención desperezándose, mirando a los lados por si alguna costa se me acercaba. Y ya no recuerdo más, porque lo que sigue al rescate no es aún pasado y vive conmigo, fresco, reciente, constante.
Esto es lo que hago cuando no os tengo en cuenta. Así es como escribo cuando desaparecéis. Y éste es el cuento en el que, al final, la historia se transforma:


EL VERGEL

Ese hombre frenó en seco. Cuando estaba a la mitad del camino, le abrazó el cansancio acumulado de todos sus pasos y sintió una ineludible necesidad de sentarse, así que dejó de caminar y se sentó. Desató sus sandalias e inspeccionó con cuidado los pies, sus pies. Los liberó de las pequeñas espinas clavadas y sopló sobre el polvo del camino que tapaba las heridas, sus heridas. Usó las últimas gotas de agua que le quedaban para lavar lo que pudo de lo mucho que traía sucio. Se desnudó y usó la ropa para limpiar un poco el resto, sobre todo de las manos, sus manos. Comió el último trozo de pan y se tumbó. Apoyó la cabeza en el montón de harapos impregnados de sí mismo y tumbado y desnudo esperó la llegada del último aliento, su último aliento. Nada que reprocharse, nada que celebrar; era el momento oportuno para dormir y se durmió. Se durmió satisfecho, rodeado por lo suyo, acompañado por el pálpito de sus pies heridos y el olor de sus manos sucias.

Despertó después de mucho. Abrió despacio los ojos y, sin moverse, miró asombrado a su alrededor negándose a frotarse los párpados para no deshacer el sueño en el que había despertado. Despierto pudo ver lo que el cansancio no le había permitido: el inesperado vergel en el que había parado a mitad del camino, su camino. Sonrió recorriendo las sorpresas: la sombra en la que casualmente estaba protegido, la fuente a su derecha que le cantaba alegre el fin de su sed, y los frutos a su izquierda, rabiosos por llenarle la boca y el estómago. Se deleitó por anticipado en todo lo que su suerte le ofrecía y, antes de aceptarlo, decidió que jamás intentaría comprobar si había despertado o no. Y, por primera vez, tuvo una esperanza y un sueño: no volver a cerrar los ojos nunca más.


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4 Octubre 2007

El pintor de pañuelos (Un cuento de Reyes para un Príncipe)

Tres amigos del alma iban paseando por uno de sus paseos favoritos, charlando sobre todo lo que harían cuando pudiesen hacer algo. Uno con su bondad a flor de sonrisa, otro con su justicia ceñida al ceño y el tercero con su valor asomándole a los ojos a punto de caramelo.
Los tres se turnaban la impaciencia por arreglar un mundo que, definitivamente, no les gustaba nada. Todos los enemigos de la paz y la esperanza iban cayendo, fusilados uno a uno sin piedad por sus palabras. Llevaban bien afiladas ya sus firmes intenciones cuando se encontraron en su paseo con una vulgar estampa en uno de los muchos bancos que flanqueaban sus pasos. Un hombre de edad camuflada bajo su desastroso aspecto, estaba de pie muy quieto con un cartel en una mano y una lata vacía en la otra.
Los tres héroes del universo se acercaron intrigados y dispuestos. En silencio, leyeron: “Sólo una moneda, por favor”. Uno preguntó ¿sólo una? Y todas las demás preguntas surgieron al mismo tiempo. El desorden de tanta curiosidad se abalanzó sobre el pobre pobre que, sentándose en el banco, ni se molestó en intentar contestar a tanta consideración de golpe. Cuando se cansaron de saber porqué una sola y no cien, el hombre aprovechó el descanso de ese aparente sosiego para contarles su plan.
Que dibujaba bien y que le gustaba dibujar, empezó diciendo. Que con una moneda tenía calculado comprar un pañuelo y un poco de pintura. Que pintaría con sus dedos y cuando secase el pañuelo lo vendería por tres. Que con las tres compraría más pañuelos, más pintura y algo para comer. Que cuando los vendiera, compraría más de todo y así es como pensaba cambiar ese banco por otro más adecuado para negociar su interés. Y que así tenía planeado conseguir su sueño: una fábrica, sin piezas, de pañuelos pintados en cadena por muchas manos y pies.
Ninguno de los tres amigos entendió ni una palabra. El justo quiso dejarle las seis monedas que llevaba para adelantarle el sueño. El valiente demostró un tozudo empeño en acompañarlo al día siguiente, sin falta, a un banco que él conocía donde le podrían atender. Y el bueno gastó mucho más que saliva en intentar explicarle lo absurdo del plan mientras le ofrecía su ayuda en lo que pudiera ayudar.
El hombre harapiento y greñudo no comprendió lo que decía ninguno de los tres y no aceptó ni monedas, ni consejos, ni ayuda que no estuviesen escritos en su cartel. “Sólo una, por favor” repetía como él. Pero ¿por qué? Se preguntaron los tres amigos agotados e impotentes.
- Porque es así como lo sueño y es así como lo haré.
De un lado a otro movieron los amigos del alma la cabeza, que seguían como al principio, sin entender. Los tres, molestos, casi indignados, dieron media vuelta sin dejar ni una moneda. Quisieron recuperar el paso del paseo que traían y, pocos metros después, ya lo habían conseguido, que ya iban escogiendo las palabras para arreglarle la vida, si se dejara, al pobre hombre del absurdo plan aquél. Tan enardecidos por su bondad, su valor y su justicia iban, que no pudieron oír el sonido de lata de la moneda de un niño que arrancó del pobre un agradecido gracias. Que fue una pena que, al final, se perdieran lo mejor de su paseo: la primera sonrisa de un futuro pintor de pañuelos.
Para Breixo

6 de Enero, 2007

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4 Octubre 2007

Dudas de ida y vuelta

He pensado mucho, antes de dar este paso. Tiempo tirado. Lo hubiese dado igual sin pensarlo. No he podido encontrar ninguna razón para hacerlo. Había las mismas en contra que a favor: cien, más o menos, de cada lado. Pero aquí estoy, con o sin razón, esperando quince minutos antes de lo convenido. Tiempo sobrado para repasarme de arriba a abajo unas quince veces. Tiempo suficiente para que las dudas vengan y vayan otras quince más, una por cada minuto, antes de verte. Si cuando llegues las dudas están de vuelta, mi cara será probablemente de espanto, con signos visibles de querer salir corriendo; si acaban de irse, sólo me verás sonriente, perplejo, expectante y con un nudo enorme en la garganta que va a estar, vengan las dudas o se vayan, igualmente. Rezo para no pasar de gestos en el primer segundo. Si mi estómago estalla como amenaza con tanto nervio, las dudas y la espera habrán sido en vano. No creo que apruebes un fuego sin artificio como bienvenida; sea cual sea el tubo que elija para escapar cualquiera de los gases que retengo, te lanzará en dirección contraria y con razón. Y quizá sea lo más prudente, que sea un gas y no la desilusión lo que te aleje. Sería más rápido, más concluyente. Nos conocemos de lecturas, de oído y de foto, pero no de vista ni de estar. Todo lo que crees de mí es cierto, pero no es todo, siempre hay mucho más. ¿Cómo me llamaste la primera vez que me leíste? “Encantador de palabras” Me encantó, me encantaste y ya sólo escribí para seguir encantándote. Y luego, lo de siempre, correos más personales, conversaciones en el messenger (sin cámara, que dices que no tienes), la primera llamada... Lo que me costó convencerte para que cambiases el patito de goma por tu cara. Que te daba corte, decías, que no eras guapa... y qué me importaba a mí a esas alturas cómo fueses. ¿Tú sabes lo que me has alegrado el panorama? Pero si antes de que aparecieses me arrastraba y ahora parece que flote entre la gente. Y en este momento más que nunca, que los gases no dejan de moverse. Yo sí que estaba acojonado, que hasta que me decidí a mandarte algo reciente, estuve tentado de enviarte una foto de hace veinte años. Que te habrías dado cuenta, seguro, y la hubiese fastidiado. “Lo único que no me gustaría de ti es que me engañes”. Esa frase la tengo todavía en la cabeza, que la dijiste a modo de pista, pero yo la he registrado más bien como amenaza. Como no me calme me va a dar un ataque. Que no es para tanto, si ya nos conocemos, en lo importante: lo que pensamos, lo que nos gusta, lo que sentimos... todas esas cosas que con ponerles nombre ya tenemos bastante. Ahora falta la otra parte, la de si estamos hechos el uno para el otro, que ojalá fuese lo de menos, pero no tengo esa suerte. Me va a dar algo. Pues mira, no estaría mal que a modo de salva vaya yo y me pede. Así salíamos de dudas en un periquete. Que si después de eso todavía te alegras de verme, entonces estoy salvado y ya puedes ser tú como seas, que va a ser difícil dejar de quererte. Esto es un suplicio. No tiene sentido. Si yo sólo quiero gustarte y que me gustes y que me quieras y quererte y que me sigas diciendo esas cosas que me dices, pero más de cerca. Bueno, lo veremos en cinco minutos. Todavía estoy a tiempo. Qué hago: doy media vuelta o me quedo aunque reviente...

Noviembre 2006

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4 Octubre 2007

El regalo del pirata

Hay incontables delicias que tientan mis horas y curiosos personajes que las entretienen, pero si busco entre mis debilidades, de las mayores es la que por los piratas me pierde. Diría que es por los piratas buenos, por quienes hago la vista gorda con mis convicciones y relajo hasta el sopor a mis guardias y censores, pero no sería más que una presunción, porque no los he conocido sino de buen corazón y no sé si los mal intencionados producirían en mí el mismo misterioso cosquilleo. No es de extrañar este deseo de aventura, ya que fue un pirata, uno de sonrisa bien dispuesta y maneras de lord, el que hace un tiempo me trajo un gran regalo.
Mi condición de princesa me exime de expresar agradecimiento, haya solicitado o no lo que recibo. Pero mi solitaria alma de mujer inaccesible, no puede reprimir sentirse agradecida incluso por caricias que ni exijo, ni busco, ni suplico. Este pirata conocía bien los secretos mejor guardados de las princesas que presumimos de estar completas y miramos suficientes con desdén a los pavos reales que nos cortejan.
No quiso ser confundido entre tan vistosas plumas cuando nos encontramos y, para poder ser distinguido, se quitó sin pudor cuantas joyas adornaban su persona. Se mostró como el hombre que era y no podía, quisiese o no, dejar de ser. Ante tal desnudo, ninguno de mis disimulos obtuvo su propósito y no le llevó tiempo ni esfuerzo comprender que ya tenía, aún antes de llamarla, toda mi atención. Demostró reconocerme y aseguró desearme. No exhibió habilidades naturales ni compradas, ni fingió cualidades con las que no hubiese nacido. No alardeó de futuro cierto o inseguro, ni repudió pasados jóvenes o viejos y ni siquiera tomó en consideración, suyos o míos, a ninguno de los presentes. Sin otra piel que no fuese la suya, me condujo hasta el salón de mis misterios y me dijo:
- Señálame las puertas que deseas abrir, una por una. Cuando tu dedo indique la última, las abriré todas de golpe. Entonces, podrás salir por la que elijas.
Dejé que hiciera, no por fe ni por esperanza, sino por pura curiosidad. Las abrió como había prometido y antes de asomarme por ninguna, un segundo antes de él salir por todas ellas, concluyó:
- Ahora, te puedes ir.
Ése fue su regalo, de los mayores y más caros que he tenido. Y por él mi inmenso agradecimiento sigue vivo y recordándome cuánto le debo a mi cumplidor pirata. De las puertas cuyas cerraduras se rindieron a su mano, sólo una queda abierta, pues, tras meditarlo largo rato mientras escuchaba los vientos que con las corrientes se formaron, decidí cerrar el resto también yo de golpe. No fue desprecio ni miedo por mi parte, ni menguó el valor de su regalo, puesto que de las puertas que señalé, sólo era una de la que no tenía llave. Y ésa es la única abierta que dejé.
De las maravillas que ya he visto al asomarme, aunque de lejos, guardo y guardaré el secreto para que no escapen ni se alejen. De las que descubra cuando la atraviese, no sé si podré o querré contar ni todo, ni parte. ¿Cómo no voy a adorar a los piratas buenos como éste que, sin envolver de ilusión ni mentiras su regalo, consiguió ser, sin duda, el más vistoso?
Sé bien que no hay valor en los piratas, que quien es temerario no es valiente. Y sé que sólo son de las palabras que no dan, porque son de las que callan. Pero es por eso, justamente, que con ellos me siento tan a salvo. Cuando veo desplegar sus telas negras, sé que harán, ni más ni menos, lo que están amenazando.

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4 Octubre 2007

Edina

Edina era pequeña, muy pequeña. No tan pequeña como para caber por los sueños de los niños. No tan pequeña como para colarse por el hueco de un amigo. No tan pequeña como para que la ilusión pudiese zarandearla. Y, desde luego, en absoluto tan pequeña como para no creerse mayor. Pero lo suficiente.
Edina tenía una vida tranquila, muy tranquila. No tan tranquila como para no usar sobresaltos ni respingos. No tan tranquila como para arroparse con rutina. No tan tranquila como para sacar de la funda la confianza. Y, desde luego, en absoluto tan tranquila como para no sentirse protegida. Pero lo suficiente.
Edina tenía un hogar acogedor, muy acogedor. No tan acogedor como para invitar al pasado a cenar. No tan acogedor como para iluminar el futuro con velas. No tan acogedor como para tirar los cuentos al aire. Y, desde luego, en absoluto tan acogedor como para vivir sin dudar. Pero lo suficiente.
Por eso Edina, cuando salía a pasear lo hacía sin alboroto, sonriendo y saludando. Salía dejando caer su Buenos Días que al volver recogía como si no lo conociera. Contaba los pasos de ida y calculaba: si llovía eran tres menos a la vuelta; si el sol brillaba, dos más. Como era muy pequeña, siempre se equivocaba al contar.
Todos sus tranquilos días transcurrían y acababan igual. Todos los días seguía el rastro de las maravillas hasta que el último segundo se le caía de las manos. Todos los días recogía un brevísimo instante de locura y lo miraba antes de que se le derritiese. Todos los días contaba el sol entre los árboles hasta que la cegaba. Todos los días buscaba un rincón para sentirse emocionada, otro para sentarse a razonar y otro para descansar. Y tanto y tan duro trabajaba Edina los días uno tras otro que, cuando se le acababan, volvía todos los días llena de suspiros, vacía de ganas y con un trocito de fatiga más.
Por eso Edina cuando volvía a casa, todos los días se paraba ante la puerta y le preguntaba “¿yo vivo aquí, verdad?”. Antes de que Nada contestara, todos los días Edina se giraba y observaba al Buenos Días extrañada. “¿Quiere pasar?” Lo cogía de la mano y entraba a su acogedor hogar contenta, muy contenta. No tan contenta como para celebrar que no se conocía. No tan contenta como para brindar con el licor de las visitas. No tan contenta como para saltar por las camas y las normas. Y, desde luego, en absoluto tan contenta como para dejarse llevar. Pero lo suficiente.

Octubre 2006

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Sobre mí



He venido para ver semblantes amables como viejas escobas, he venido para ver las sombras que desde lejos me sonríen. He venido para ver los muros en el suelo o en pie indistintamente, he venido para ver las cosas, las cosas soñolientas por aquí. He venido para ver los mares dormidos en cestillo italiano, he venido para ver las puertas, el trabajo, los tejados, las virtudes de color amarillo ya caduco. He venido para ver la muerte y su graciosa red de cazar mariposas, he venido para esperarte con los brazos un tanto en el aire, he venido no sé por qué; un día abrí los ojos: he venido. Por ello quiero saludar sin insistencia a tantas cosas más que amables: Los amigos de color celeste, los días de color variable, la libertad del color de mis ojos; los niñitos de seda tan clara, los entierros aburridos como piedras, la seguridad, ese insecto que anida en los volantes de la luz. Adiós, dulces amantes invisibles, siento no haber dormido en vuestros brazos. Vine por esos besos solamente; guardad los labios por si vuelvo. (LUIS CERNUDA, Los placeres prohibidos)

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