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La Coctelera

MiLady

Y yo me quedo mirando, perfectamente situada, mitad viva mitad muerta, resumida y reeducada.

Categoría: Leyendas de Ánmera

22 Julio 2008

Un largo periplo

En un gran continente lleno de costumbres y de gentes, vivía un joven aún por definir.

Iba a cumplir la edad de tomar decisiones importantes y, abrumado y excitado, se preparó para el aprendizaje. Para poder escoger qué vida iba a vivir, dónde y con quién, debía seguir la tradición y aventurarse, lección tras lección, hacia su edad madura.

Así, siguiendo los pasos de sus antepasados, comenzó su particular periplo partido en varios viajes. De uno en uno, iría conociendo todos los puertos y los interiores; de uno en uno, iría descartando o eligiendo sus caminos.

Como era costumbre, antes de cada partida un ser querido le entregó un regalo y un consejo. En el primer viaje llevó el catalejo y la curiosidad de su abuelo. En el segundo, la brújula y la firmeza de su madre. En el tercero, el juguete y la despreocupación de su amigo. En el cuarto, la linterna y la prudencia de su padre. En el quinto, la lupa y la desconfianza de su hermana.

En el último regreso se reconoció triste, desilusionado y perdido. Había vuelto cinco veces con la cabeza llena y las manos vacías. No le quedaban misterios ni preguntas, ni retenía ninguna de las respuestas. Pero aún le quedaba una partida. Su abuela lo miró feliz de verlo tan desorientado. Le puso un cuaderno virgen en las manos y le susurró al oído: “paciencia”.

Y así volvió a irse el joven, abrumado y excitado, preparado para no aprender nada y dispuesto a llenar su cuaderno sin saber ni dónde, ni con qué, ni cuándo.

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1 Julio 2008

El ladrón de esencias

Recorría la casa amasando su desesperación. Un frasco abrazaba Edina y buscaba un escondite, una solución; un remedio impensable con tan poco tiempo. Se decía “ya viene, ya viene, se acerca”, mientras la prisa le aceleraba el espanto tanto como la visita.

“No puede ser, no puede ser” le pedía a los rincones más pequeños. “Otra vez no, esta vez no” susurraba alejándose de los espejos. Y entremezclando los soliloquios para buscar una conversación, se acordó de su amiga Isenia y la añoró, la añoró por no estar tan cerca como su temor.

No podía llamar a su amiga, así que se la imaginó.

- Por todos los bosques, Edina, ¿por qué tiemblas? No te distingo entre tanto miedo.

- Ay, Isenia, porque está a punto de entrar y no hay nada que yo pueda hacer.

- ¿Quién?

- El Ladrón.

- ¿Y cómo sabes que viene?

- Por el silencio que llegó sin despedida.

Desde el alba temblaba Edina. Todo y todos se lo advirtieron con miedo y medias palabras en el mediodía. Ya se sabía que el rumor llegaba muy poco antes que el Ladrón, y la noche se acercaba, y no había sombra ni luz que no se lo confirmasen. Perdería su frasco antes de que saliese el sol. Su frasco querido, su frasco importante. “Éstos no, éstos no” rogaba mientras pretendía no darlo ya por perdido. Sin tiempo de inventar algo seguro, nada donde guardarlo, ni dentro ni debajo.

- Edina, quizá esta vez se conforme con la mitad del frasco ¿Quieres que lo tape yo?

- ¡No! No, lo conozco, os llevaría a los dos.

Lo sentía acercarse, lo sentía. “Todavía no, todavía no”. Se abrazó a la estantería que le llevó la vida llenar y suplicó “éste no, éste no”. Frascos de todas las tallas, cajas de todas las formas, y en todos una etiqueta; palabras escuetas o largas que olían a días llenos, a horas perfectas, a minutos sabrosos, a segundos exactos. Tanto bueno, tanto en orden, tanto guardado del tiempo y de los ladrones, tanto esfuerzo por borrar distancias, para acabar así, por segunda vez, sin remedios para defender su esencia.

Y en la última balda se le quedó la mirada pendiente de otro agujero. Un frasco sin nada. Uno solo, aparte, sin etiqueta ni tapa. Aferró su tarro importante y le dio la espalda al vacío.

- Volverá a hacer lo mismo, Isenia, se me los llevará. Vendrá con sus palabras de matar buenos recuerdos. Extenderá el veneno con su aliento sucio y escogido. Dirá que este frasco también es suyo, que si no hay sonrisas al borde, que si lo de encima es amargo, es entero de su propiedad y no podré guardar ni el fondo, aunque sea bueno.

Se oyó la puerta.

- Isenia, ¿has traído espada?

- Sabes que sí.

- ¿Servirá?

- Sabes que no.

Una vestida de miedo y la otra enfundada en rabia, se sentaron a esperar. Edina e Isenia empezaron a contar los pasos, que eran lo único que les quedaba por contar.

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4 Octubre 2007

La leyenda del príncipe audaz

La Historia emparentaba a Marul y Ánmera desde el principio de la memoria, cuando eran un solo reino que vivía en paz con sus vecinos. Se decía que ambas dinastías provenían de los Valles del Sur de Ánmera y que allí se hubiesen quedado siendo una, sino fuera por un joven príncipe de espíritu aventurero que al descubrir el mar, quedó fascinado por él.
No había constancia escrita de ese remoto pasado, pero se tenía por cierto que este príncipe, en uno de sus viajes, llegó hasta el borde mismo de los Acantilados Sin Sombra de Marul y a punto estuvo de morir despeñado en su intento de encontrar un camino hasta la playa. A su regreso, contó tales maravillas del “cielo caído” como llamó al mar, que muchos le atribuyeron poderes mágicos. ¿Cómo si no se explicaba el afán del príncipe de volver a toda costa para conseguir tocarlo? Sus relatos sobre extrañas luces y canciones silbadas por el viento, consiguieron convencer a los más intrépidos para que lo acompañasen a alcanzar el mar.
Cuando la valiente expedición llegó hasta el acantilado, no dudaron en intentar lo que parecía imposible. Ayudándose unos a otros con las cuerdas, lograron bajar hasta la playa, pero sus manos estaban tan heridas que el primer contacto del agua les hizo llorar de dolor. El príncipe, confuso y desilusionado, no pudo disuadir a los otros, que querían regresar de inmediato a sus casas. Como no podían subir hasta que sus manos curasen, recorrieron la interminable playa en busca de otra salida y la encontraron.
Entre las rocas se abrió como por encanto un ancho pasillo de arena con paredes tan altas como el acantilado. Dos días tardaron en recorrerlo entero. Cuando llegaron a su final, vieron admirados que otro pasillo terminaba a su lado, más estrecho y con suelo de tierra y piedra, pero no se atrevieron a entrar en él. Siguieron en la dirección en la que debía estar su país y no erraron los cálculos.
Les contaron a todos lo hermoso de lo visto y también lo peligroso. El príncipe no volvió a ver su cielo caído, pues enfermó de tristeza y al poco murió. Con el tiempo, otros príncipes aventureros siguieron la ruta al mar descubierta por el primero (el Paso de Marul) y otros más valientes aún, se adentraron en el estrecho pasillo donde aquél no se atrevió (el Desfiladero de Masca). Muchos se fueron quedando hasta formar otro reino hermano (Marul), del que Ánmera jamás se alejó. De esta leyenda quedaron dos reinos, dos rutas y un dicho que utilizaban cuando se referían a algo que podía resultar tan peligroso como deseable: “Quema tanto como el mar”.
Descubrir maravillas es fascinante. Acercarse a ellas para tocarlas siempre conlleva peligros difíciles de calcular. Pero, con frecuencia, el camino de regreso es lo que deja la huella más definitiva de la aventura. Cada cicatriz es el recuerdo indeleble de que el sueño existió y una prueba de cada puerta que puede llegar a abrirse, a poco que se aproveche el viaje de vuelta.

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4 Octubre 2007

Los caminos de Los Bosques

En un gran claro del Bosque de Paso, una persona caminaba ligera. Iba pensado en sus cosas y en lo lejos que llegaría. De pronto se fijó sin querer en alguien que iba a su lado. Esa otra persona miraba con confianza, a punto de conversar. Eso no le gustó. Aceleró el ritmo huyendo de la compañía. Miró de reojo y ahí seguía. Continuó aún más deprisa; nada, no conseguía pasarla. Concentró todo su empeño en los pies y su intención en la marcha. Observó los pies de la otra persona... imposible, apenas se movían. Empezó a correr sin perder de vista esas otras piernas que, sin aparente esfuerzo, no se alejaban de las suyas corriese lo que corriera. Se asustó. Se desesperó y se lanzó a una última carrera que la agotó. Todo el dolor del esfuerzo se le fue a las rodillas, que se doblaron sin permiso y se cayó. Ya en el suelo, sentándose como pudo, lloró. Lloró y lloró; cómo lloró.
- ¿Qué hago mal? ¿Por qué corro y corro y no consigo adelantarte si tú casi no te mueves? ¿No soy suficiente? ¿No soy bastante?
La otra persona no estaba cansada pero también se sentó.
- No me has adelantado, pero has recorrido mucho más trayecto que yo -dijo con la sonrisa más amable que encontró-. Es lógico que sientas cansancio, pero no debes sentir desolación.
- Pero, ¡hemos llegado al mismo sitio a la vez!
- Toma aliento y mira a tu alrededor.
Lo hizo. Miró hacia delante y a su espalda. Y entendió. El camino que sus ojos observaban era un círculo que sus pasos habían trazado en su inútil recorrido. Los nervios se le fueron garganta arriba y se rió. Se rió y se rió; cómo se rió.
- Me alegro de que te sientas mejor -dijo la otra persona desde el centro exacto del círculo.
- ¡Tú y yo no hemos ido a ningún sitio! -y la risa se le apagó-. Quería moverme... -recordó-.
- Lo has hecho.
- Pero quiero avanzar...
- Lo haces.
- No, lo que quiero es ir más allá -se lamentó señalando lejos del círculo-, quiero conocer más...
- Pues sólo tienes que poner un pie fuera de aquí y cuidar de no volver a dar vueltas.
Qué dulces sonaron las palabras.
- Y tú. ¿Vendrás?
- No. Yo estoy bien aquí.
- ¿No quieres salir del círculo?
- No. No siento curiosidad. Me gusta cómo me muevo y lo que veo. No quiero más.
- Pero ¿no te importará la soledad? Parece gustarte la compañía.
- Vendrán más -contestó divertida la persona que no se movía-. Siempre hay alguien a mi alrededor. Tú vigila de no caer en otro círculo.
Se despidieron casi con afecto y un avance de nostalgia inexplicable. Se desearon suerte y se la desearon de verdad.
La persona que se quedó vio como la otra se alejaba y pensó con un poco de tristeza: "¿qué creerá que va a encontrar?". Devolvió con la mano el saludo de la que se iba caminando que, a su vez, iba pensando con algo de pena: "¿qué creerá que ha encontrado?"
En ese instante, una tercera persona pasó al lado de la que estaba quieta y en su buen caminar llegó hasta la que se había alejado, que había vuelto a andar en círculos sin darse cuenta. También la rebasó. Al ver el paso firme, recto, decidido y bien dispuesto de esta tercera, las otras dos pensaron a la vez y con cierta razón: "¿A dónde creerá que va?". Y las tres siguieron su camino aunque había muchos, muchos otros más.

Octubre 2006

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4 Octubre 2007

El Estanque de los Deseos (II y última)

Así será", había dicho el Genio del Estanque.
“Así sea” había dicho el corazón de Isenia sin pronuncialo, exhalando un profundo suspiro por el que parecieron salir muchos de sus demonios. A partir del silencio en el que se sumió, el resto de la noche no fue lo que había supuesto. Sentada en la misma orilla en la que expresó su deseo, en la entrada misma del bosque, unos metros retirada del reflejo del agua, se había sentido incapaz de comenzar los ritos de preparación antes de su definitivo combate y, sin poder oponer resistencia, había sido arrastrada por su memoria para cabalgar de vuelta hacia una infancia que no habría sido convocada jamás en ese lugar con su consentimiento.
Cuando llegó el amanecer y la Bestia en cuyas manos depositaba su destino dio muestras de estar aproximándose, Isenia apenas había podido robarle algo de tiempo a esa noche para preparar sus dos armas; una noche avariciosa y caprichosa que no consintió que la kaelnaí más respetada de su templo hiciese el que podía ser su último viaje hacia la Luz.
Porque eso era ante todo Isenia, o eso era lo que había creído de sí misma y lo que había consentido que la distinguiera entre los de su tribu. Era una Kaelnaí, una guía espiritual; mucho antes que una Daa-Bakenás, muy por encima de una madre del pueblo, la honra de Isenia era la de su templo. Pero esa noche última o primera, esa espera rebelde que no pudo dominar, la había obligado a recordar. Tras pronunciar la primera de las invocaciones destinadas al recogimiento previo de la espera, como una novata incapaz de controlar su mente, se había visto sumergida en la piel de sus nueve años, entrando de la mano de sus padres en la escuela del templo, para ingresar como aprendiza. Había sido una elección voluntaria y sus condiciones innatas estaban fuera de toda duda pero, ¿había sentido deseo de dedicar su vida a ese destino? No, nunca, y ni siquiera se había dado cuenta porque, hasta esa noche, jamás se había permitido formular la pregunta.
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Desde muy niña había dado muestras de poseer un don especial para comunicarse con el mundo de la luz y, convencida de que ese debía ser su destino, se dejó conducir por sus maestros en un largo aprendizaje lleno de silencio y soledad; aunque no tan largo para ella, ya que solicitó pasar las pruebas mucho antes de lo habitual. No sorprendió demasiado, Isenia era excepcional en muchos sentidos. Las cejas de sus maestros ya se habían arqueado de asombro cuando con catorce años había insistido en recibir instrucción como guerrera, algo nada frecuente entre los aprendices de los templos. A pesar de los cambios que su pueblo se había visto obligado a sufrir por la guerra, la tradición combinaba mal el espíritu bondadoso y reflexivo de los kaelnaí con la acción fría y meticulosa de sus guerreros. Ninguna ley prohibía esta mezcla de aprendizajes e Isenia comprobó con satisfacción que su espada y su arco eran tan precisos como sus visiones. No desatendió en ningún momento su formación espiritual y, aunque su Guía la consideraba demasiado joven para estar tan cerca de la luz, Isenia superó todas las pruebas con tan sólo veinte años y nadie se opuso a que fuese nombrada kaelnaí. A partir de ese momento, sólo ella elegiría su camino y sus maestros no volverían a intervenir en sus decisiones a menos que ella lo solicitase.
Su primer paso fue una nueva sorpresa para todos. No tomó aprendices a su cargo y durante los cinco primeros años eligió la lucha. Combatió en dos de los frentes más difíciles, la boca del Desfiladero de Masca y las Montañas Altas. Hirió a muchos y fue herida muchas veces; mató a muchos y cada noche, mientras reparaba sus protectores y preparaba sus armas, invocaba a la luz y agradecía no estar muerta. Soportó ver morir a sus enemigos porque se negó a ver sus caras y se resignó a ver morir a sus amigos porque su fe los acompañaba a una vida mejor. Pero no pudo evitar el sufrimiento. Sufrió durante los días con el ruido de la batalla y sufrió aún más con en el silencio de las noches. Empezó a no distinguir las visiones de las pesadillas, hasta que una cálida mañana de verano, la mano de un hombre al que acababa de derribar de su caballo se aferró a su brazo obligándola a mirarle a los ojos. No supo porqué, empezó a llorar aún antes de darle muerte y siguió llorando hasta que sintió en su pecho un dolor agudo que crecía ahogándola. Buscó en vano la sangre de una herida fatal y, sin poder respirar, miró a su alrededor tratando de apoyarse en algo para poder desatar su pechera y encontrar el origen del fuego que la asfixiaba. Cayó al suelo y cuando consiguió aflojar el protector, en el que creyó su último aliento, una mano tiró de la suya y la levantó por los aires lanzándola hacia un espacio en el que pudo llenar al fin sus pulmones. Cuando despertó tres días después, no recordaba ningún sueño, sólo extrañas imágenes de la batalla, como si la hubiese contemplado desde las nubes, cerca de un sol que la atraía para devorarla. Su cuerpo estaba intacto y sus compañeros sólo habían tenido que cuidar de su agotamiento. En su cara no había quemaduras pero le escocía como si en verdad el sol se la hubiese abrasado, era la única molestia que tenía porque el dolor de su pecho había desaparecido, de hecho, no sentía dentro de él absolutamente nada.
Después de esto, Isenia, sin heridas de cuidado pero más muerta que viva, regresó a su templo por pura inercia, con muchas más dudas de las que tenía al irse y con un vacío que pesaba más que ninguna de sus cargas. Estaba convencida de haber perdido su corazón y no poder serle ya de utilidad a nadie. Su Guía cuidó de ella durante meses, hasta que oyó otra vez unos tenues latidos y fue capaz de volver a llorar. El verano siguiente se ofreció como Madre de su primer ahijado, su decisión fue bien vista. Muchos kaelnaí lo hacían, la mayoría renunciaban a tener hijos propios y desde que la guerra empezara a parir huérfanos, se habían convertido en los mejores candidatos para adoptarlos. Tres años más tarde, Isenia tenía ya seis niños a los que formaba como kaelnaí y cuidaba como madre. En ellos y en los que fueron llegando, volcó su recuperado corazón.
Siguió sin tomar a su cargo aprendices que no fuesen huérfanos y dedicó los quince años siguientes a cuidar con un obsesivo empeño de sus protegidos, adiestrándolos lo mejor posible en los dos mundos que configuraban a partes iguales el de Isenia: el conocimiento y la lucha. Pero algo desconocido empezó a despertar en ella poco a poco, algo que en un principio la inquietaba y que, a medida que crecía, fue tomando la forma de una nueva compañía ineludible y angustiosa. No tuvo más remedio que ponerle nombre y lo llamó miedo. Empezó notándolo cuando suavizó los entrenamientos a campo abierto, en cada medida que tomaba para que sus alumnos no se arriesgasen a un simple rasguño, en cada ejercicio que desestimaba por considerarlo en exceso peligroso, en cada aliento cortado ante la posibilidad de una herida leve en sus ahijados. Y no pudo ignorar que su creciente temor la hacía cada vez más vulnerable, más torpe en los ritos, más distraída en las ceremonias; inútil para su cometido. Pero ¿miedo a qué? se había preguntado una y cien veces, ¿a morir, a matar, a sufrir, a ver sufrir a los suyos? No, no, no y no, había sido su única respuesta. Conocía bien esos miedos y nunca fueron un obstáculo, muy al contrario, se había alimentado de ellos para hacerse fuerte, pero este miedo era direrente, este miedo la debilitaba, la encogía hasta reducirla casi a nada. Y unos días antes de sentarse en el Estanque a esperar el final de ese camino que no deseaba serguir recorriendo, había tomado una decisión: no viviría por más tiempo con ese miedo sin cara. Necesitaba sentirlo hasta la asfixia, hacerlo útil convirtiéndolo en su verdugo o en su víctima. Había decidido acabar con esa vida o con ese miedo, de la única manera que podía: enfrentándose a él a muerte.
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El amanecer empezaba a anunciarse discretamente e Isenia lloraba como una niña, mientras trataba inútilmente de centrarse en la limpieza de sus armas. Ni siquiera se había despojado de sus protectores para revisarlos y sostenía su espada larga como un recién nacido, posada en sus antebrazos que temblaban, como toda ella, de pánico. Ninguna invocación había vuelto ha salir de su boca, ningún mantra acudía a serenarla en ese último momento; se limitaba a despedirse de los suyos, porque era lo único que su angustia le permitía hacer. Pero, a pesar de las sacudidas de sus sollozos, algo en el aire la alertó de una presencia. Un instinto bien entrenado, desplazó repentinamente su impotencia con rabia para acallar sus sentimientos y dejar que sus sentidos hicieran su trabajo y, sorprendida de sí misma, toda ella reaccionó como el perfecto mecanismo que era. Cambió su postura, ciñó la espada corta en su cadera derecha y permaneció en cuclillas sujetando con fuerza la espada larga por ambos extremos, a la espera de más información.
Sí, ya estaba allí, había esperado recibirla a sus espaldas saliendo del bosque, pero no, la Bestia estaba en algún sitio frente a ella, cerca del agua de cuyas profundidades acababa de emerger. Debía estar muy segura para no buscar camuflar la sombra que las primeras luces del amanecer producirían. El rival al que iba a enfrentarse no necesitaba esconderse, aparecería con todo su aplomo frente a Isenia, dispuesto a una lucha abierta. Sonrió por su estupidez; le había pedido al Genio un igual y si ése había sido su deseo, no tenía sentido esperar otra cosa que una pelea limpia sin ataques por la espalda. Se irguió apropiándose de toda su antigua dignidad y, después de clavar en el suelo la espada entre sus pies, sintiendo con satisfacción un furioso pálpito en las sienes y en la boca del estómago, alzó los brazos y la cabeza ofreciéndose al mismo cielo que acogía a todos los antepasados de las Tres Tribus, y comenzó a cantar para ofrecerles su coraje y unirlo al del resto de su pueblo. Mientras su voz se elevaba saludando a los Padres de las Casas, oyó el sutil movimiento de la Bestia acercándose con respeto pero sin precaución. Isenia fijó su mirada por encima de las primeras luces del amanecer para dejar que su compañero de lucha se posicionase frente a ella sin ser observado y, cuando al fin lo notó pararse a menos de cinco metros de ella, bajó despacio los brazos, completando con sus manos un círculo que terminó en la empuñadura de su espada. Isenia fue bajando la mirada hasta el punto en el que supuso encontraría la cabeza de su adversario, que esperaba con calma una señal para el comienzo del combate. Cuando Isenia posó sus ojos en los de la Bestia, sintió un escalofrío que iba más allá del miedo y, sin poder apartarlos ya de ellos, sintió en el pecho el dolor de una punzada que casi la hizo desfallecer, un dolor semejante al que la retiró del campo de batalla años atrás. Cien caras le había puesto Isenia a su Bestia, cien aspectos había buscado encajar en su miedo, pero lo que estaba viendo no era nada de lo que había temido ni deseado durante tanto tiempo. Comprendió que no tendría ninguna ventaja sobre ella, ninguna diferencia a su favor, ninguna debilidad que aprovechar; era imposible igualar más un combate. El Genio del Estanque había cumplido y, con una inesperada sonrisa, recordó las palabras del deseo que había formulado durante el ocaso: “Deseo una bestia con la que medirme al amanecer”. La tenía justo delante de ella, preparada con su misma postura, con su mismo coraje, con su mismo miedo, con su mismo honor. Isenia iba a luchar contra sí misma. Que así fuese.

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4 Octubre 2007

El Estanque de los Deseos

Estoy impaciente por ver la cara de Raesed. Está demasiado acostumbrado a ser él quien nos sorprenda en estas reuniones. Me lo imagino insistiendo para ser el último en narrar sus deseos, seguro de servir el mejor postre. “No, viejo amigo” le diré, “deja que en esta ocasión sea yo quien finalice”. No le gustará pero accederá ante mi insistencia. ¿Cómo puede arrogarse mérito alguno? La comarca de Blaen es la más rica con diferencia de Los Bosques y desde que la guerra se dio por suspendida, ¿qué deseos puede acumular que no sean sino originales hasta la extravagancia? No van a pedirle a él techos firmes, ni pan caliente, ni animales con los que sobrevivir como a nosotros. Pero esta vez va a ser extraordinaria, ja, no puede haber un deseo más peculiar que el que yo llevo. Si la mentira estuviese entre nuestras habilidades, de seguro que creerían que lo invento. Ni yo mismo confiaría que no se trate de un ensueño, si esto fuese algo posible. ¿Para qué querría esa mujer ese deseo? No alcanzo a entenderlo porque lo último que me pareció fue miedosa. No, no mostró temor alguno ante mí, ni en mi presencia ni cuando hablé. Está claro que me esperaba como algo real mientras me buscaba. Porque buscarme lo hacen muchos; miran de un lado a otro las aguas del Estanque como si yo fuese a salir de cualquier parte. Luego la mayoría se extrañan de no verme. Es triste comprobar cómo se pierden las tradiciones. Qué pocos saben que si no se sientan en la orilla oeste, justo entre las dos Piedras Blancas, yo no puedo hacerme ver aunque lo quiera. Y ese desdén con los detalles de las horas; se me revuelven las chispas de no poder hablarles y decirles “brutos, al atardecer, los deseos se solicitan al atardecer”. Pero no hay modo, los pocos que llegan a sentarse en el lugar adecuado, permanecen pasmados a esperar inútilmente y acaban por irse de vuelta con las ganas. Si los ritos se cumpliesen como deben, yo saldría con más frecuencia del Estanque. Aunque, tampoco es un trabajo que dé frutos abundantes porque, de los escasos que son capaces de convocarme, casi ninguno enlaza las palabras necesarias y los demás o bien salen corriendo o bien quedan inmóviles sin habla. ¿Y para qué vendrán? me pregunto yo. Pero ella no, la mujer de ayer tarde sabía lo que hacía y ni se inmutó al verme. Y por ello entiendo menos su deseo, ni siquiera su rostro de cerca delataba sombra alguna de temor. Cuando la descubrí llamándome por mi nombre y buscándome en el agua detrás de su reflejo, pude fijarme bien en ella a esa corta distancia y aunque los dibujos de su rostro eran de guerra, en sus negros ojos sólo había impaciencia y ansiedad. Pensé por ellos que de algo importante se trataba y no de un juego. Conocía las reglas, eso quedó claro, pronunció las palabras exactas con una firmeza inusitada. “Mírame, escúchame y háblame” dijo para que yo pudiese traspasar su reflejo y presentarme. Y nada, ni un paso atrás, ni un respingo. Pero tampoco inmóvil; se levantó con clama y esperó a que yo le preguntara. Hizo bien las cosas, que ojalá que enseñe a otros a hacerlas de ese modo, aunque no creo que en el caso de que salga con bien de ésta, vaya a hablar con nadie del Estanque; si mi intuición sigue siendo tan buena consejera, esa mujer precisaba tanto del secreto como de su anhelo. Me ha impresionado, es cierto. Quiero recordar bien sus palabras porque mucho y por mucho tiempo se hablará de este deseo. A mi primera pregunta de siempre “¿tienes un deseo”, respondió adecuadamente “sí, lo tengo”. “Pronúncialo ahora” seguí con mi rutina y usó el tiempo justo para continuar y fue entonces cuando me dio la sorpresa: “deseo una bestia por enemigo”, decidió. Y grande debió ser mi extrañeza, porque de un modo absurdo pregunté para cerciorarme “¿una bestia?”, ya digo, un absurdo, porque cuando un deseo es formulado en condiciones, no hay posibilidad alguna de malentendidos. Asintió con la cabeza y yo volví a mi orden con las palabras adecuadas “formula entonces tu deseo y sus detalles” y ella aumentó más la sorpresa. Apartó un poco su capa de pieles de lobo y sacó una espada que me mostró mientras hablaba. “Deseo una bestia con la que medirme al amanecer; no quiero una esperanza de amenaza, deseo la certeza de un ataque seguro, de una muerte inevitable; deseo que mi miedo de esta noche no sea en vano, que cuando vea los ojos de la fiera, sepa que será su fin o el mío”. Estas palabras me descabalaron y por segunda vez me salté el rito y esto tendré que confesarlo en la reunión, que es necesario que se recuerde lo que dijo por contestar a mi pregunta inaudita e innecesaria “¿para qué quieres una bestia a la que enfrentarte?”. “Porque no quiero vivir ni un día más, con tanto miedo inútil” fueron sus palabras. Con tanto miedo inútil… No me quedó más remedio que aceptarlo. Esa mujer dio los pasos correctos y no pude negarle su deseo. Tentado estuve de seguir con el proceso tan despacio que antes del ocaso se agotara el tiempo, pero no es algo que podamos hacer, ni debemos. Mientras yo terminaba las frases de siempre, ella siguió lo que quedaba allí, en silencio, mirándome con esos ojos de súplica que no entiendo y llegué al “así será” sin poder hacer nada que no estuviera haciendo. Volví a mis profundidades y así la dejé, esperando a la bestia del amanecer. Y no lo entiendo porque no parecía tener miedo. Me hubiese gustado saber quién era, más cosas de ella. Por primera vez que he querido ser un Adivino, aunque esto no lo diré, no es apropiado, porque los Adivinos pueden hacer tantas preguntas como quieran, que si no, de qué. Pero los Genios no, sólo conceder deseos nos está permitido si se formulan, claro está, como es debido. Quizá venza a la fiera y quizá vuelva al Estanque. Pero, bueno, eso ya no es asunto mío. Qué cara va a poner el petulante de Raesed cuando lo cuente…

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4 Octubre 2007

Las Grutas del Olvido

Una de las leyendas más antiguas de Ánmera, contaba que en Las Grutas del Olvido, había escondido un dios caprichoso que quería poseer los recuerdos de todos los hombres para componer con ellos sus propias canciones. El dios de Las Grutas había trabajado mucho para conseguir sus propósitos. Primero había hecho pequeños agujeros en los techos de las grandes cuevas para que las luces combatiesen el miedo de los hombres y les dieran confianza. Luego, había tallado con hermosas formas nunca vistas sus paredes, para conseguir el asombro de los visitantes y animarlos a adentrarse en ellas. Por último, había desviado el cauce de un arroyo para que el sonido de su agua al deslizarse por la piedra fuese más bello que el de ninguna otra fuente, así, una vez dentro, los hombres se adormecerían con su arrullo y no tendrían prisa por salir. Cuando el desgraciado que entraba se dejaba llevar por la música y la belleza del lugar, sus recuerdos empezaban a brotar y la sonrisa afloraba en su rostro. Entonces, el dios hacía oír su voz suave y amistosa para proponer el terrible trueque: la historia más hermosa tan sólo a cambio de su sonrisa. Todos aceptaban, pero al terminar el cuento, todos querían recuperar su sonrisa y el dios les hacía su segunda oferta: se la devolvería tan sólo a cambio de un recuerdo. Y todos volvían a aceptar. El caprichoso dios los enredaba de tal forma que no los dejaba marchar hasta no haberse hecho con todos sus recuerdos. Los que tardaban en salir, lo hacían ya sin memoria, sin saber quienes eran y si nadie los esperaba fuera, no podían volver a sus casas.
A pesar de que hacía mucho que no se creía en esta leyenda, las tierras que rodeaban Las Grutas seguían despobladas y ni siquiera había prados de pasto cerca. Nadie lo reconocía, pero todos seguían dando grandes rodeos para no escuchar la siniestra canción del diosecillo:
Si me sonríes te regalo un cuento.
Una historia de niños y osos pardos,
de ojos de nieve, de muñecos blancos
y mariposas negras contra el tiempo.
Hay amarillos años en mi cuento;
chisteras, sombras, versos y regalos
y un amor grandioso al que ni los magos
pudieron poner nombre, no te miento.
Es un cuento de extraña trayectoria:
tan corto como un trozo de recuerdo,
tan largo como toda mi memoria.
Dibuja una sonrisa, una sóla
y te regalaré mi mejor cuento:
el cuento de "La Historia más Hermosa"


Septiembre 2006

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4 Octubre 2007

La guerra de Kylia (III y última)

Péler tampoco salía de su asombro, pero tras dudar un instante y sin perder de vista a Kylia, fue acercando poco a poco su mano a la espada con desconfianza, hasta que al fin la empuñó con fuerza y apoyándose en ella, se levantó despacio mirando sorprendido a esa extraña mujer. La siguió observando desde su nueva altura y empezó a sonreír. No entendía nada pero, qué más daba un absurdo más. Siguió sonriendo y se permitió disfrutar de una inesperada situación que no se le habría ocurrido ni en sus mejores sueños de venganza. Iba a acabar él mismo con ella, no importaba si después los soldados lo despellejaban vivo, merecería la pena cualquier infierno a cambio de semejante regalo. La miraba divertido, era delgada, tan alta como él y parecía fuerte; su postura no era amenazadora, al contrario, sujetaba la empuñadura de su fina espada entre ambas manos con los brazos caídos, con tanta delicadeza, que más bien parecía estarse rindiendo. Péler empezó a balancearse, buscando el momento propicio. Hizo un par de amagos con la espada, esperando la reacción de Kylia, pero ella no respondió. No había ninguna señal de tensión en aquella impasible figura. Le hubiese gustado jugar un poco antes de verla morir, pero si tenía que ser tan fácil, que así fuese. Al fin, Péler se decidió y levantó el arma con su fuerte brazo para descargar un golpe mortal sobre la reina.
El peculiar combate duró poco. Rápidamente Kylia se hizo a un lado y describiendo un círculo perfecto, lo esquivó girando sobre sí misma al tiempo que barría con su espada la del prisionero arrancándosela de la mano y, aprovechando el impulso de la vuelta, embistió contra él. Cuando Kylia completó el giro, había hundido su espada en el pecho desnudo de su enemigo recién desarmado. Péler, que no había tenido tiempo de reaccionar, cuando volvió a tener de frente la cara de la reina, todavía sonreía. Se desplomó en el suelo sobre sus rodillas, sin resignarse a caer del todo. Casi no podía respirar e, ignorando el dolor, intentaba inútilmente reunir fuerzas para sacarse la espada y ponerse de nuevo en pie. Malherido, desconcertado y terriblemente cansado, se concentró en no derrumbarse. Había perdido, lo había perdido todo. Miró a los ojos de la reina buscando en ellos algo del rencor que él deseaba haberle provocado con su guerrilla, pero no lo encontró. Era incapaz de leer nada en aquellos penetrantes ojos negros. Ella había vencido y él se dio cuenta de que, por primera vez en todos esos años, no era capaz de odiarla. La perra sobre cuyo nombre había escupido mil veces no estaba allí. Entonces Kylia se inclinó sobre él y, acercando su rostro al de Péler mucho más de lo que el resto de los presentes consideraron prudente, le susurró:
- Keinasné, dame las gracias.
Péler no entendía.
- Dame las gracias, porque voy a regalarte una muerte rápida en lugar de dejar que mis hombres se diviertan contigo como tú y los tuyos habéis hecho con mi gente –dijo en voz muy baja mientras llevaba lentamente su mano izquierda a la espada clavada en el prisionero.
Péler notaba la sangre subiendo por su garganta. Estaba herido de muerte aunque ésta podía no llegar con rapidez. Si sabían cortar un poco la hemorragia, permanecería consciente durante algunas horas más. Ella había medido bien la herida. Su cuerpo estaba roto y su ánimo era muy extraño, sentía un profundo agotamiento muy parecido a la paz que su espíritu ansiaba en secreto. Recorrió por última vez ese hermoso rostro, esta vez con admiración; aquella larguirucha de estrafalario atuendo era tan buena guerrera como había oído contar, aunque nunca lo quisiese creer. Se detuvo en sus ojos y ya no quiso defenderse de ellos; reunió el aire necesario y con un agradecimiento inesperado y sincero, musitó:
- Gracias…
En ese instante Kylia se levantó sacando con fuerza la espada de su pecho y con un golpe recto y limpio de la suya, le partió el corazón. Cuando el cuerpo de Péler cayó a sus pies, ella, clavando la mirada donde antes lo hicieran las espadas, con una voz helada, contestó: "de nada".
Dejó caer en el suelo la espada del soldado quien corrió a recogerla; envainó la suya y recogió su capa de las temblorosas y agarrotadas manos de Alometor. Dándole la espalda al cadáver, ordenó en un tono también sin vida:
- Recogedlo y preparadlo para enseñárselo a mi gente, que todos sepan que ha muerto. Después, incineradlo según sus leyes con los ritos de su casa.
Esa noche, durante la cena en el pabellón militar, el soldado cuya espada pasaría a la historia, aseguró que al ayudarla a subir al caballo del prisionero para regresar a la fortaleza, vio los ojos de Kylia llenos de lágrimas. Nadie le creyó.
¿Continuará?

Septiembre 2006

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Sobre mí



He venido para ver semblantes amables como viejas escobas, he venido para ver las sombras que desde lejos me sonríen. He venido para ver los muros en el suelo o en pie indistintamente, he venido para ver las cosas, las cosas soñolientas por aquí. He venido para ver los mares dormidos en cestillo italiano, he venido para ver las puertas, el trabajo, los tejados, las virtudes de color amarillo ya caduco. He venido para ver la muerte y su graciosa red de cazar mariposas, he venido para esperarte con los brazos un tanto en el aire, he venido no sé por qué; un día abrí los ojos: he venido. Por ello quiero saludar sin insistencia a tantas cosas más que amables: Los amigos de color celeste, los días de color variable, la libertad del color de mis ojos; los niñitos de seda tan clara, los entierros aburridos como piedras, la seguridad, ese insecto que anida en los volantes de la luz. Adiós, dulces amantes invisibles, siento no haber dormido en vuestros brazos. Vine por esos besos solamente; guardad los labios por si vuelvo. (LUIS CERNUDA, Los placeres prohibidos)

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