Siempre me ha gustado devolver el saludo, con independencia de mi grado de simpatía por lo saludado. No va con mi naturaleza esquivar caras, bajar miradas, girar cabezas, cruzar calles, allanar portales ni empotrarme contra escaparates para evitar correponder a una cortesía que, en el peor de los casos, no va a provocarme más molestias que un terrible dolor de cabeza. Pero admito que saludar no siempre es un acto satisfactorio, ni para mí ni para los demás.
Durante mi jornada laboral salgo a la calle varias veces. Una por cada parada de cinco minutos, justo lo que me dura un cigarrillo. Tengo suerte, mi oficina está en un bajo y tiene un antaño precioso chaflán que las nuevas leyes antitabaco han convertido en un vergonzoso e indiscreto fumadero público. En cada parada, por ser coherente, permanezco quieta, mirando de frente la calle de varios carriles de dos direcciones por donde pasa en coche, al menos una vez al día, la mitad de la población de mi ciudad. Miro, fumo, pero no veo. Como siempre, ocupo mi sitio urbano distraída de lo que me rodea y abstraída en lo que me llena. De un tiempo a esta parte (unos cuarenta años) estoy muy llena, así que me abstraigo mucho. Desde la mitad de ese tiempo a esta parte me regañan con frecuencia, por varias razones. Una de ellas, la más repetida, es no contestar a los saludos, ya sean gestuales, verbales o en forma de bocinazo, que tengo el honor de recibir. Conocidos y amigos me saludan de lejos con entusiasmo, dicen, y yo no respondo, dicen, como merecen. Es más, insisten, ni me inmuto. Yo no respondo como merecen ni de ninguna otra manera por uno de dos motivos: o porque no los oigo, a pesar de mi magnífico oído, o porque lo que oigo no lo relaciono conmigo. Desestimando mis explicaciones, se enfadan a menudo y yo, siempre, prometo esforzarme para el próximo saludo. Una vieja historia, un viejo esfuerzo. De unos meses de la mitad de aquél tiempo a esta parte noto que estoy cumpliendo cada vez mejor mis promesas. Sigo distraída y abstraída, pero me esfuerzo, tanto, que he conseguido devolver un par de saludos en las últimas semanas. Me siento orgullosa, pero se siguen quejando así que me sigo esforzando. Parece que los resultados no están siendo los esperados, como acabo de comprobar.
Hace un momento, en mi último cigarrillo, un coche ha hecho sonar su claxon con alegría mientras aminoraba la velocidad al ir acercándose a mí. Un saludo sin duda. Lo he deducido en tiempo récord tras desestimar otras opciones: Atasco, encuentro conflictivo de fútbol, propaganda excesiva, animadversión entre conductores, elecciones... Segura del saludo, lo he devuelto con un ánimo acorde al volumen y ritmo de los bocinazos. Pero no ha sido agradable, es más, diría que esta vez mi esfuerzo ha resultado desastroso.
Mi brazo derecho, respondiendo a tan escandalosa atención, se ha alzado exageradamente eufórico, demostrando una rapidez de reflejos que dejaba constancia de mi esfuerzo por mejorar. Que el móvil que sujetaba en ese instante con la mano de ese impulsivo brazo, estuviese a punto de salir volando para unirse a la algarabía del saludo, no ha sido lo más inquietante. Mi móvil; qué haría yo ahora sin mi móvil. Tampoco me ha afectado que mi mano izquierda, desesperada por retener mi inalámbrico tesoro perdido un segundo antes por la derecha, lanzara despedido mi cigarrillo recién encendido que, sí, él sí, ha volado en pos del coche que seguía pitando su quinto "adiós, me alegro de verte, te llamaré". Lo que de verdad me ha trastornado, lo que me ha hecho reflexionar seriamente sobre la compensación de tanto esfuerzo, no ha sido mi empeño en devolver el saludo al mismo tiempo que recuperaba el móvil sin el que me muero y esquivaba el retorno del efecto boomerang de mi cigarrillo recién encendido sin dejar, eso sí, de sonreírle al conductor para que no confundiese mis desafortunados gestos con un corte de mangas. No, lo que me ha dejado literalmente paralizada, ha sido la aparición repentina del tipo que se acercó al coche que, una vez frenado del todo, permanecía delante de mis narices, para recoger un paquete que el hombre al volante le entregaba.
Por no tirar la toalla y ser tildada, en consecuencia, de inconstante, he seguido esforzándome mucho durante los treinta segundos que ha durado la escena del intercambio de paquete y animosos saludos entre ambos individuos, para cerciorarme, antes de cambiar por si acaso mi postura salutatoria, de que, como temía, yo no conocía absolutamente de nada a ninguno de los dos protagonistas del simpático encuentro: ni a mi saludado ni al tipo recién llegado que me miraba perplejo.
En mis circunstancias y a mi edad, no es bueno aumentar la lista de asuntos a los que prestar atención, pero no puedo ignorar la importancia de tomar una decisión al respecto de éste. ¿Sigo esforzándome o dejo de fumar?