EL NAUFRAGIO

Recuerdo a alguien a quien no puedo fingir no conocer. Es un recuerdo lejano y próximo a la vez de alguien recién salido de un buen naufragio, uno de esos que dejan coletazos de torbellinos de agua tan peligrosos o más que el hundimiento. El recuerdo me parece ajeno, pero soy yo. Recuerdo buscar oxígeno entre la confusión de tanta marea enfrentada. Recuerdo no entender a qué venía una gigantesca lengua de mar succionándome cuando ya se suponía que había pasado todo. Recuerdo sentir el agotamiento del "no puedo más". Recuerdo haber decidido no volver a pelear, simplemente, dejarlo estar, dejarme estar, dejarme tragar sin pataleos. Recuerdo rendirme a la inercia, descender con mi peso multiplicado e ignorar el ahogo y fingir movimiento.

Recuerdo romperme sin querer durante ese trayecto obligado hacia el fondo. Recuerdo extenderme sobre mi fractura, agradecer su colchón benévolo y recostarme sobre él sin preguntas, y dormir, dormir todo lo que se me permitió. Recuerdo abrir los ojos entre sueños y ver la superficie acercándose despacio a mi cara.


Recuerdo chapotear sin ninguna esperanza, sin más ganas que las de apoyar la cabeza en algún flotador, sin más interés que seguirme meciendo a la deriva. Recuerdo el cambio de humor de la desgana, el despertar del interés y la atención desperezándose, mirando a los lados por si alguna costa se me acercaba. Y ya no recuerdo más, porque lo que sigue al rescate no es aún pasado y vive conmigo, fresco, reciente, constante.
Esto es lo que hago cuando no os tengo en cuenta. Así es como escribo cuando desaparecéis. Y éste es el cuento en el que, al final, la historia se transforma:


EL VERGEL

Ese hombre frenó en seco. Cuando estaba a la mitad del camino, le abrazó el cansancio acumulado de todos sus pasos y sintió una ineludible necesidad de sentarse, así que dejó de caminar y se sentó. Desató sus sandalias e inspeccionó con cuidado los pies, sus pies. Los liberó de las pequeñas espinas clavadas y sopló sobre el polvo del camino que tapaba las heridas, sus heridas. Usó las últimas gotas de agua que le quedaban para lavar lo que pudo de lo mucho que traía sucio. Se desnudó y usó la ropa para limpiar un poco el resto, sobre todo de las manos, sus manos. Comió el último trozo de pan y se tumbó. Apoyó la cabeza en el montón de harapos impregnados de sí mismo y tumbado y desnudo esperó la llegada del último aliento, su último aliento. Nada que reprocharse, nada que celebrar; era el momento oportuno para dormir y se durmió. Se durmió satisfecho, rodeado por lo suyo, acompañado por el pálpito de sus pies heridos y el olor de sus manos sucias.

Despertó después de mucho. Abrió despacio los ojos y, sin moverse, miró asombrado a su alrededor negándose a frotarse los párpados para no deshacer el sueño en el que había despertado. Despierto pudo ver lo que el cansancio no le había permitido: el inesperado vergel en el que había parado a mitad del camino, su camino. Sonrió recorriendo las sorpresas: la sombra en la que casualmente estaba protegido, la fuente a su derecha que le cantaba alegre el fin de su sed, y los frutos a su izquierda, rabiosos por llenarle la boca y el estómago. Se deleitó por anticipado en todo lo que su suerte le ofrecía y, antes de aceptarlo, decidió que jamás intentaría comprobar si había despertado o no. Y, por primera vez, tuvo una esperanza y un sueño: no volver a cerrar los ojos nunca más.