Apareció un día como lo hacen los inolvidables, dentro de una escena que queda grabada para siempre, al margen del resto de los recuerdos siguientes. Una impresionante silueta de color sombra, enmarcada por la luz que esa mañana no podía dejar de tener, sigue siendo lo primero que veo cuando, al conjurar su recuerdo, se levanta el telón.
Primero la silueta habló y supe en seguida que iba a querer seguir encuchando por mucho tiempo lo que desde su precioso verbo me quisese dedicar. Después sonrió y entendí que iba a querer seguir, por muchos y distintos caminos, los vaivenes de esa cara para no perder de vista su blanco tesoro. Luego me miró sin mirar a nadie más y empequeñecí de miedo, pero de comerme sus ojos me hice gigante para ocupar toda su mirada. Pero fue cuando entré de su mano en mi intimidad recién estrenada, cuando intuí lo inmenso de mis nuevos dominios y empecé a sentir una avaricia impropia pero mía. Quise la silueta para mí y me dejó tenerla.
Un día, acababa de contarle a la silueta una historia que le debió de gustar y, chispeando de curiosidad, me preguntó: "¿Cómo contarías tú mi historia?", "No puedo saberlo", contesté, "hasta que no tenga un final no sabré cómo empezarla". Fingió una decepción que le frunció un ceño contento y sin ganas de fruncirse para reclamar su historia, con o sin final. Nada más lejos de mi deseo entonces y todavía, que dejar sin un regalo a mi silueta, así que asegurando un poder que no tenía, le prometí una historia que no tengo.
Con tantas cosas por atender que me faltan de tanto que tengo desatendido, no encuentro el momento de inventarme la historia que le debo. Qué remedio quedará, si un día de estos me vuelve a preguntar, que confesar que quizá no tenga nunca su historia, porque, la verdad, no sé contar las que no tienen final.

Septiembre 2006