Cuando llegó, mi vida acababa de cumplir cuatro años. Lo primero que vi fueron sus piernas, bueno, lo que se podía ver desde que terminaba la falda, debajo de las rodillas, hasta unos zapatos de poco tacón. Lo que se podía oír desde debajo de la mesa donde me escondía era mucho y nada. Yo la esperaba con la expectación de saberla mi guardiana. Pero qué iba a saber yo lo que vendría después.
El primer abrazo que me dio, mi cabeza le llegaba a la cadera. ¿Qué habría sido de mí sin sus caderas? Las seguía a todas partes. Me agarraba a su falda que se iba bamboleando, marcando el ir y venir de su prisa. La alegría me vino de golpe al ritmo de esas caderas, que parecían bailar para que yo pudiese empezar a entender porqué se movía la tierra. Luego me acostumbré y de vez en cuando me despistaba y al caminar las perdía de vista y es que, ¡había tantas cosas que ver! Pero en seguida ella se daba la vuelta, se paraba a esperarme si tardaba poco y si era mucho, me llamaba para que yo la pudiese ver. Y ahí iba yo otra vez, detrás de ella. Que si el mundo ha sido alegre y ha tenido un norte, ha sido gracias a sus caderas. Y si yo soy alegre es por ellas.
Después, de repente, un día mi cabeza le llegaba a su pecho, justo donde le late ese corazón enorme en el que le cabe tanta gente. Cómo sigue oliendo de bien ese estrujarme contra su pecho hasta que no oía nada que no fuese su voz desde dentro. ¿Qué habría hecho yo sin su pecho? Tan de cerca lo seguía, que fue inevitable que de tanta bondad como le sobraba, se me fuese pegando algo. Yo buscaba ese pecho y su latido que me orientaba para no perderme y encontrar dónde estaba lo que estaba bien. Que si el mundo ha sido bueno y hermoso, ha sido gracias a su pecho. Y si yo soy buena es por él.
Sin saber yo cómo, tan poco tiempo después, su cabeza le llegaba a mi hombro. Me miraba desde abajo sorprendida y orgullosa, yo desde arriba confusa y algo dolida. Muchos, muchos años lleva siendo ella la que se pone de puntillas y yo la que se agacha, pero sigue siendo ella la que me rodea y me mece en el abrazo. Sé que falta mucho para que sea ella la que deba apoyarse en mis espaldas y ninguna de las dos tenemos prisa. Cada vez que nos vemos, nos medimos y nos entra una gran alegría porque sigo siendo yo la más pequeña.
La última vez que nos abrazamos fue hace pocos días. Hizo un largo viaje para verme, como ella dice, “para quedarse tranquila”. Vio que casi todo estaba bien y se fue contenta. Yo me quedé algo vacía y un poco cansada de tanto esconder. Vino por si hacía falta decirme lo de siempre: “Niña, no corras que te vas a caer”. “No te quedes atrás niña, que te vas a perder”. “Mira por dónde caminas, que vas a tropezar”. “Deja eso, niña, que te vas a hacer daño”. “¡Mira que te lo he dicho! ¿lo ves?”. “Anda, ven aquí”. “Nada, nada, no es nada, ya está”. “Ya va a pasar, mi niña, ya va a pasar”. “¿Ves? Ya está pasando, ya no duele, ¿ves?”.
Y aquí sigo yo, asustada y pequeña, demasiado crecida para pedirle que me diga esas tonterías, pero tratando de no perder de vista mucho tiempo sus caderas.