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La Coctelera

MiLady

Y yo me quedo mirando, perfectamente situada, mitad viva mitad muerta, resumida y reeducada.

4 Octubre 2007

Una carta para los tres Magos

Hay un recuerdo que estos días me llega acompañado de una nueva ternura. Es el de una niña enfadada, desolada y rabiosamente enfadada, que se niega a salir de la cama un día de Reyes, justo el siguiente a la noche en la que ya no pudo desoír, como hasta entonces, que quienes subían con los camellos hasta su séptimo cielo no eran sus tres Magos, sino los dos ilusionistas de sus hermanos. Y, aunque acabó levantándose y dejándose llevar por la insistencia de una mano a lo largo de un laaargo pasillo hasta el árbol que cuidaba de los regalos, desde antes de abrirlos, sin prisa ni ganas, no volvió a sentir curiosidad por lo que esos reyes le dejaran.
Entre mis navidades las hay de todas clases: tristes, alguna alegre, casi todas obligatorias y las últimas, además, infantiles. Pero después de esa Noche de Reyes, ninguna ha vuelto a ser Mágica; ninguna hasta la que viene. Y es que éstas sí se me presentan mágicas, mágicas y completas, con todo lo que faltaba y nada de lo que ha sobrado siempre.
Por eso estoy con sonrisa de siete años, con nervios de niña crédula y con una ilusión que me va a volver loca de lo loca que vuelve. Y es que sé que vendrán los Reyes, lo sé porque ya han venido. No han debido querer arriesgarse a que siguiese sin creer en ellos y, para que este año vuelva a saltar impaciente de la cama, me han adelantado mi regalo; uno que no había pedido, ni antes ni después de dejar de escribir cartas, uno enorme que han dejado para que desenvuelva despacio pero con ansia, porque llegó bienvenido y con una resplandeciente tarjeta en la que pone: "Para tí y para siempre". Por eso sé que han sido ellos y que existen, porque ¿quién si no tres Magos van a traerme un regalo así, tan a medida y tan inesperado, que oliendo a invierno tiene nombre de verano?
Así que estoy escribiendo a toda prisa esta primera carta desde esa última, ahora que sé que siempre se está a tiempo. Pero no estoy pidiendo para mí, que ya qué más puedo pedir, estoy apuntando con mi mejor letra lo que quiero para los que tanto quiero. Y ya llevo anotado:
- Un Conjuro de Recuerdos; para que, esta vez, quienes os faltan, os acompañen vestidos de Fiestas con sus mejores galas, con las sonrisas que os dejaron para que la vuestra no caiga.
- Música Inevitable y variada; de la que alegra aunque no se quiera, porque arrastra a la pista mejor iluminada, de esa que obliga a dar la espalda a las sombras y a la nada.
- Dulces y Salados de los que más os gusten; de los que al abrir el paladar, cierran la tristeza y dan ganas de invitar.
Todo eso he pedido primero y sigo escribiendo más. Cuando termine la carta, después de un saludo esmerado y una firma gótica, añadiré un post data para incluír un único deseo para mí: que me concedan forma de humo esta Navidad para colarme por unas cuantas chimeneas y un par de ventanas. Lo escribiré por puro formalismo, por escribir, porque ya les he visto mover las cabezas, guiñandome un ojo, diciendo que sí.

Diciembre 2006

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Sobre mí



He venido para ver semblantes amables como viejas escobas, he venido para ver las sombras que desde lejos me sonríen. He venido para ver los muros en el suelo o en pie indistintamente, he venido para ver las cosas, las cosas soñolientas por aquí. He venido para ver los mares dormidos en cestillo italiano, he venido para ver las puertas, el trabajo, los tejados, las virtudes de color amarillo ya caduco. He venido para ver la muerte y su graciosa red de cazar mariposas, he venido para esperarte con los brazos un tanto en el aire, he venido no sé por qué; un día abrí los ojos: he venido. Por ello quiero saludar sin insistencia a tantas cosas más que amables: Los amigos de color celeste, los días de color variable, la libertad del color de mis ojos; los niñitos de seda tan clara, los entierros aburridos como piedras, la seguridad, ese insecto que anida en los volantes de la luz. Adiós, dulces amantes invisibles, siento no haber dormido en vuestros brazos. Vine por esos besos solamente; guardad los labios por si vuelvo. (LUIS CERNUDA, Los placeres prohibidos)

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