Una carta y cien años
Dentro de cien años escribiré esta misma carta. Hasta entonces, dejaré ésta envejecer, vigilada por el celo joven de ahora y el rancio de después. Pasearé de tanto en tanto por ella la mirada, con tiento y temor de traspasar esta tinta que irá arrugándose conmigo. Jugaré con las letras sin tocarlas y lameré sin lengua lo que escribo, para no desgastar lo que el tiempo deje sin comer. Será la misma carta, esta misma memoria y las que vengan sumadas, con la misma alegría de saberla cierta y confirmada que tendré al escribirla pasados los cien años.
Tendré que hacerlo porque cuando lea ésta que escribo ahora, querré no haberla leído nunca antes para poder decir “¡oooh! qué inmenso era y qué infinito es”. Y fingiré no recordarla para no poder creer, de tan intenso, de tan para mí, que fue cierto tanto buen amor. Y la abrazaré con tal fuerza por tanto asombro y tanta emoción, que se hará nube de papel en mis brazos. Y por eso la perderé sin remedio de tanto haberla querido.
Será entonces cuando la vuelva a escribir, la misma, la de antes, la de ahora. Y volveré a tardar sólo cien líneas en contar porqué lo supe la primera vez, cómo te fui probando a sorbos pequeños, a catas lentas, a tragos largos, a bocados grandes; reescribiré cuándo me quedé sin nada que quitarme y el momento exacto en el que perdí las ganas de vivir sin abrazarte, y cuál de tus pliegues elegí para extenderme acurrucada e inflarme de aire. Sí, describiré de nuevo dónde decidí que me iba a quedar los próximos cien años, pudiese o no escoger; y quién eres tú y cuánto te quiero siempre.
Cien líneas para repetirlas una a una dentro de un siglo. Para que cuiden de los cien besos por letra que me dará tiempo a darte. Para que mimen los cien ayes suspirados por espacio que iré dejando sin darme cuenta. Para que velen las cien veces por punto que cerraré despacio los ojos, guardándote a este lado de mis párpados mientras sonrío.
Y dirá lo que ya te dije, lo que vuelvo a decirte ahora para que más ojos lo lean, porque ningún pudor bueno o malo es bastante para taparme las ganas desde que amarte es inevitable. Éstas y las sesenta y cinco líneas que las sigan, dirán lo que ya sabes, que lo que celebro desde entonces cada día, es la suerte de recibir a cada rato el regalo de este amor compartido incapaz de dividirse y ansioso de sumarse. Porque mi fortuna primero fuiste tú sin casi conocerte y ahora que te sé, eres tú y cada una de tus cualidades sin condiciones. Tú con cada día que sume en estos cien años eres a quien amo hoy.
Febrero 2007



Odys dijo
A sus pies, señora.
Cien años no es nada, allí estaré para leer la segunda cuando la primera se deshaga entre tus brazos.
Besos centenarios.
11 Febrero 2009 | 11:44 AM