Estos días estoy teniendo mucho más tiempo libre del previsto, algo valiosísimo si yo fuese uno de esos seres inteligentes que saben aprovechar los momentos. No es así y, lamentablemente, empleo gran parte de mi regalo en pasatiempos que, en buena lógica, sólo deberían utilizarse para matar ratos incómodos y poco servibles como las esperas en la consulta del dentista. Pero mi desastroso sentido de la oportunidad es otro tema. Del que quiero ocuparme ahora es de un descubrimiento que ha revolucionado mi siempre dispuesto sentido del entretenimiento: Los puzzles por ordenador.

La forma virtual de un puzzle, o sea, intangible, ha resultado ser una afortunadísima sustituta de su versión física, de la que yo tantas veces me he confesado adicta en el pasado y a la que me vi obligada a renunciar muy a mi pesar por sus muchos inconvenientes, todos físicos. Este, hasta hace poco para mí, desconocido invento, ha venido a reconciliarme con un tipo de avances de la humanidad a los que yo poca o ninguna fe tenía. Ahora sé para qué sirve la informática. Tonta de mí no intuir que una ciencia tan aparentemente inútil, tenía como objetivo resolver uno de los más graves interrogantes de todos los tiempos que yo, como muchos, he sufrido largamente en silencio o no: “¿Dónde cuernos metes el puzzle?”. Bendigo a cada uno de los padres/madres de este nuevo saber, pero sobre todo, benditos los responsables del diseño de tamaño prodigio al cual yo, si tuviese el inmerecido honor de rebautizar, humildemente llamaría PT (Puzzle-Tampax).

Sí, este ingenioso PT ha conseguido superar todos los inconvenientes de su original de cartón ya que, primero: no se nota, pues pasa desapercibido al no precisar egoístamente de una mesa para su uso exclusivo; se acabó lo de comer, estudiar, u otras cuestiones en los rincones más inauditos de una casa víctima de las locas aficiones de sus habitantes que inutilizaban sus superficies alzadas de forma tan absurda.

Segundo: no se mueve, porque sus piezas no se desparraman una y otra vez por mesa y suelos a cada ocasión en que un tropiezo amenazaba la estabilidad de la mencionada mesa. Por no hablar del veto que los puzzleros imponíamos a las prendas de lana, cuyas mangas y pecheras en sus locos movimientos por la mesa, arrastraban a la perdición a las piececillas más viajeras, que quedaban prendadas y prendidas de sus atractivas y funestas pelusas haciendo imposible su localización hasta haber salido de la lavadora casi irreconocibles.

Y tercero: no traspasa, pues al carecer de corporeidad, se hace innecesario el uso de ese ungüento maldito que ponía a prueba los ya rotos nervios del aficionado. Porque antes, en la antigüedad, cuando al fin se llegaba a la consecución del objetivo, tras un largo proceso de separación, clasificación, frecuente recogida del suelo, reordenación y colocación de las piezas (si estaban todas ya podía hablarse de milagro), era de esperar que se aspirase a conservar la prueba de tal esfuerzo (enmarcada o no) para lo que era imprescindible la aplicación de un liquidísimo pegamento que no sólo fijaba unas piezas con otras (misión para la que estaba destinado), sino que solía fijar el todo o una parte de dicho conjunto a la desgraciadísima mesa, que era devuelta a su servicio habitual en un estado lamentable.

Pero ahora ya todo es distinto gracias al PT y de ahí mi emoción y mi entusiasmo, porque cada vez que escucho el sonido indicativo de éxito en la finalización de uno de las decenas de puzzles que resuelvo al día, estoy escuchando también el éxito del Progreso (ya al fin con mayúsculas). Es sin duda, una pequeña pieza para el hombre, pero un gran puzzle para mi humanidad.

Hay otro ambicioso pasatiempo que también está siendo fiel con creces a su nombre y que desprecia limitarse a ocupar su sitio en mi revisión dental: los sudokus, unos rompecabezas numéricos que me han seducido sin remedio. Pero si quiero atender a todos mis entretenimientos como merecen, no puedo perder más tiempo del mucho que me sobra poniéndome ahora a cantar las virtudes de los sudokus, así que queda pendiente para otro rato, que ése, sí que es otro drama.