"Era evidente que todos se asfixiaban en ese soleado salón: los habitantes, las visitas y los mercaderes que esperábamos para negociar, todos a coro resoplando, cada uno al ritmo de su disimulo. Así que no era raro que también me asfixiase yo, que ya llevaba mucho rato pendiente de mi turno tanto como del calor.
Cuando el sudor empezó a afearme el aspecto, me encaminé decidido hacia una de las muchas ventanas para dejarle paso a alguna brisa que hubiese estado antes a la sombra. El ¡No! terminante de un viejo conocido me frenó, y antes de escuchar mi protesta comenzó a explicarme que la Dueña no consentía en abrir sus ventanas, nunca, y que hasta las puertas y los portones guardaban celosos que entrara lo imprescindible entre cerrarse y cerrarse. De las razones no me habló y sospeché que más por falta de ellas que por discreción. Otro cliente sin juicio.
Calculé lo que faltaba de espera y cuánto aplomo se me llevaría el sudor. Mi negociación era difícil, la de las novedades lo son, el precio de la mía era muy alto y su valor desconocido. Sin un poco de fresco que me devolviese algo de brillo no sabría cómo hacerme escuchar ni vender las maravillas del invento, ya que no dependía de él ni de ningún otro trasto mi convencimiento, sino de mantener mi aspecto impecable. Una limitación para quien quiere hacer del negocio una profesión.
Sumados los contras no esperé a los pros. Sí, todos mis poros decían que esa manía de no dejar correr el aire cercenaba mi negocio. Maldije a esa Dueña cierralotodo, a mi ignorante proveedor y hasta al mismísimo aire por no entrar huracanado a rescatarme de ese cruel calor. Soy mercader y mi tiempo es oro, dije antes de empezarme a marchar dejando en manos de la frase una razón que no me pudiesen quitar. Anticipé despedidas corteses para cortar preguntas que me retuvieran y mis explicaciones, que no iban a ser más claras que los motivos de esa loca para atrancar las ventanas.
Ya me iba, ya casi tocaba la burlona puerta de salida
cuando la voz más amable y menos terca que había oído hasta entonces sonó a mi espalda empapada como si pidiera perdón: Señor, mercader de novedades, venga conmigo, que estoy deseando conocer eso que llaman ventilador.
Y así fue como conocí a la abuela, que sigue empeñada en lo bien que me sienta el calor."
- ¡Cuéntalo otra vez, abuelo!
- ¡No! ¡Mejor dinos por qué cerraba por entonces la abuela siempre las ventanas!
- Eso, pequeños, nunca se lo he preguntado y creedme, me alegro de no saberlo.
- ¿Y eso por qué?
- Porque al poco de tratarnos las abrió, y no quiero que se acuerde de algún antiguo capricho o algún oscuro recuerdo que me las vuelva a cerrar. Alguna ventaja tiene ser un mal negociador.