Sin remedio
- Eh, tú.
Por fin levantó la vista del suelo y me miró directamente a los ojos. Había conseguido llamar su atención. Era la tercera vez que me acercaba hasta allí, deseando que fuera la vencida.
La semana anterior, volviendo a casa ya de noche, me había encontrado a ese curioso personaje en mitad de la calle. Entonces quise pensar que se trataba de alguien de vuelta de una juerga en una parada obligada, pero a la mañana siguiente seguía ahí, más o menos en la misma postura, en cuclillas, abrazándose a su propio pecho y con la cabeza bajada. Por la pinta que tenía a la luz del día tuve que descartar razones tranquilizadoras y no me quedó más remedio que preocuparme, así que salí un poco antes hacia el trabajo para poderme parar a interesarme e intentar echar una mano. Nobleza obliga.
Me había vestido con sencillez para no abrumar con mi aspecto inevitable de clase alta, prescindiendo de adornos delatores. Con mi ropa más desgastada y mi mejor intención me acerqué a preguntar:
- Perdone, ¿se encuentra bien? -su mirada en esa ocasión no subió de mis rodillas y el balanceo desganado de su cabeza me dejó ver una sonrisa llena de desprecio-. Bueno, qué tontería, es evidente que no se encuentra bien. Quería decir que si puedo ayudar, no sé, quizá necesite...
Comida, pensé decir, comida, la dirección de un albergue, dinero, ropa decente, un buen baño... pero no me atreví.
- ¡Lárgate! -bufó.
Modales, lo que necesita con urgencia son buenos modales, mascullé, y me fui tratando de digerir por el camino mi contrariedad. Bonita forma de mandar a paseo la lástima.
Al final del día seguía ahí y no pude dejar de asomarme desde la ventana para comprobar si pensaba quedarse, al menos, otra noche más. Mi preocupación no había tenido buena acogida así que me obligué a intentar deshacerme de ella. Y eso hice durante los dos días siguientes, pero su presencia era independiente a mi voluntad y cerrase o no los ojos, ahí seguía, azotando inmisericorde mi conciencia.
Tenía que volver a intentarlo, pero esta vez había tenido tiempo de ponerme en su lugar. ¿Qué querría yo si no tuviese nada y me negase a subsistir con caridad? Un medio de vida, lógicamente. El dinero no era mi problema y tampoco me faltaban cosas que mandar arreglar o pintar, así que volví a bajar antes de lo habitual, teniendo claro que mi oferta no podía ofender a nadie que estuviese en su sano juicio.
- Si le interesa, puedo conseguirle una ocupación -y otra vez esa sonrisa-. Quiero decir... un trabajo.
- ¡Déjame en paz! -gritó cerrando los puños y golpeándose las rodillas-. ¿Qué coño quieres de mí? ¿Eh?
Que te vayas, pensé decir, que te vayas de mi calle, que desaparezcas de mi vida y yo pueda ir y venir y asomarme a la ventana con tranquilidad... pero no me atreví.
- ¡Lárgate! -repitió mientras yo me alejaba casi corriendo.
Cordura, lo que le falta es un poco de cordura, resonó en mi cerebro y me fui tratando de digerir mi segunda contrariedad. En fin, eso ya no era cosa mía, tendría que dejarlo en otras manos.
Comenté el asunto en el despacho y todos menos uno me dieron la razón. Si al volver a casa seguía ahí, no me quedaría más remedio que llamar a la policía, les pasaría el problema y, por supuesto, no volvería a pensar en ello en lo que quedaba de jornada.
Lo malo de las fisuras minúsculas en las razones de peso, es que acaban abriendo boquetes por los que se cuelan montones de dudas razonables. El décimo de los "nueve de cada diez encuestados" había puesto el dedo en la llaga. El lúcido de turno había comentado que quizá no fuese locura sino desconfianza, que quizá interpretase que mi propuesta era ilegal, un trabajo sucio, que quizá se encontrase en la calle justamente por haberse metido en líos por otro buen samaritano, que quizá... Esa noche no llamé a la policía, ni al día siguiente, ni al otro. No quería cargar con un encierro "quizá" innecesario y en la calle nadie excepto yo mostraba preocupación. Ojalá yo también tuviese una de esas vendas tapalotodo, pero no, nací con conciencia y buen corazón; mala suerte.
Imaginando los posibles pasados de mi problemático enigma, descubrí que el factor más recurrente para que se dé un final tan infeliz como terminar en la calle, además de la mala suerte, es la indefensión. Lo que me llevaba siempre a la misma conclusión: nadie que cuente con el apoyo de seres queridos llega a una situación así. La clave era la falta de amor. Por pura lógica, la solución vendría de la mano del afecto. Más concretamente de mi mano, de mi afecto... Superado el escalofrío inicial, decidí que si no era capaz de ignorar a este toro ni sacarlo a varazos de mi plaza, no me quedaba más remedio que cogerlo por los cuernos. Soy de naturaleza resolutiva, qué le voy a hacer.
La ropa vieja acortaba las distancias, bien. La oferta de trabajo correctamente explicada evitaría ofensas, muy bien. Sólo faltaba compartir lenguaje para hacerme entender sin malentendidos. Usaría la brusquedad a la que parecía haberse acostumbrado y desde ella le brindaría mi apoyo, mi afecto. Bueno, para algo tengo cerebro.
Último intento. Me levanté mucho antes previendo el tiempo que podría durar la conversación, bajé y volví a acercarme esta tercera vez llevando ensayado el "Eh, tú" que consideré más adecuado, a saber, entre desafiante y amistoso.
Su mirada directa me pilló tan por sorpresa que el resto del discurso que llevaba preparado se me atragantó.
- ¿Pero tú de qué vas? ¿Cuántas veces tengo que decirte que me dejes en paz? ¿Es que no me entiendes? ¡Que me dejes en paz, joder! ¡Que no me molestes más! - y empezó a levantar los brazos hacia mí-. ¿Que qué ostias quieres?
Que te pudras, quise decir, que te pudras en cualquier rincón del mundo menos en éste, por imbécil por troglodita o por demente, me da lo mismo, que se te lleven lejos y te encierren y tiren la llave al mar y dejes de medirme la ética y comerme la moral un día sí y otro también... pero no me dio tiempo.
Se puso en pie de un salto y puños en alto inició un rosario de insultos mientras yo corría que me las pelaba hacia mi portal.
Llamé a la policía, a la asociación de los sin techo, al teléfono de la esperanza y a los bomberos, pero cada vez que alguien venía ya se había marchado, como si tuviese un radar de alarma en el cerebro, o en el culo, que era lo primero que levantaba. Si me asomaba a la ventana, me miraba, me amenazaba y se reía, hasta que dejé de espiar. Acabé dejando siempre las cortinas cerradas y cambié la ruta para ir al despacho. No me gustan los sobresaltos, así que no me quedó más remedio que hacer como que no existía.
Supongo que sigue ahí, al acecho, esperando. Pero ya no me da ninguna pena y me importa un pito si se muere de asco o se congela de frío. Y si espera que me rinda, va de ala, que yo de aquí no me muevo. Yo estaba primero. Lo que sí que tengo es miedo, sí, lo confieso. No nací como otros con escarcha en las venas que ni sienten ni padecen, ni se apiadan ni se asustan. Es lo malo de no ser de piedra. Si es que no tengo remedio.





Nadie Dice dijo
Tengo unas líneas de Fonollosa, qué tu manuscrito me ha recordado...
"Un hombre muerto es nada. Sólo un bulto
pequeño, ahí tirado sobre el suelo.
Su incómoda postura en la calzada,
molesta de aquel peso tan inmóvil,
más bien causa aversión que no respeto.
No hay grandeza en la muerte de esos hombres
que mueren, o los matan, en la calle."
Tu grandeza de corazón no es comparable con la dureza del suyo, sean por las circunstancias que sean. Seras el acosador que finalmente es acosado, y el bulto en la calle será el acosado hecho acosador. La moneda gira en el aire, unas veces sale cara y otras cruz.
Me gusta esa cara, ese corazón que no es de piedra y su cruz.
Nadie
27 Noviembre 2007 | 01:26 AM