Vengo de la reunión de sabios. Todavía me duran las náuseas.

Allí estaban todos: Los Rectos, sacándole filo a sus normas para degollar cualquier atisbo de felicidad con sus consejos, mareando por diversión la verdad con las palabras. Los Pacientes, amasando despacio su desprecio por el tiempo, empalagando la esperanza con sonrisas de mezquino inconsciente, entonando sus mantras sin oídos ni ojos, sólo bocas, sólo lenguas y gargantas emitiendo “tiempo al tiempo” uno detrás de otro. También estaban Los Felices, crueles regordetes redondos y sonrientes infantes, recontadores incansables del amor que entre todos van reuniendo para seguir clavándolo en las espaldas encorvadas, en los ahogos inevitables, en las desesperanzas necesarias, en las rabias que quedarán estériles por culpa de su comprensión; qué peligro tienen esos abrazos sin lágrimas, esas sonrisas gratuitas y bobaliconas. Y por supuesto, no podían faltar Los Ausentes, que estaban todos, Los Hedonistas y Los Etéreos, dios, qué miedo dan, unos disfrutando por disfrutar, otros elevándose sin freno, todos chacales rabiosos defendiéndose contra todo para preservar su calma, mirando desde arriba sin tocar, sin saber, sin estar, escupiendo su indiferencia disfrazada de nirvana, acordonando su paraíso para no contagiarse de nada, sacudiendo la cabeza para que no se les pueda llenar, cerrando el corazón a cal y canto para seguir siendo los más altos, los más sabios, los mejores. Allí estaban todos, avariciosos y mezquinos poseedores de saberes, acunadores de falsos secretos, alimentadores de servilismos y debilidades superfluas, decoradores de cárceles ajenas, caníbales de misterios, cerdos devoradores de tragicomedias con tal de coleccionar más verdades, más medallas; mentirosos y hábiles actores. Allí estaban, mirándose sin quererlo entre ellos, sin poder disimular, ni por costumbre, su desprecio mutuo, su desprecio por todo lo que no luzca su sello.

Allí estaban todos y casi llevan entre todos al suicidio a un pobre hombre al que en mala hora se le ocurrió pedirles consejo. Dijo que quería un sitio, que necesitaba un sitio desde el que seguir viviendo. Imagínate, no se dirigió a ningún grupo en concreto ni a ningún líder; imagínate la que se organizó. El pobre empezó a defenderse como pudo de las acusaciones, de las preguntas, de los análisis y de los desprecios, hasta que al par de minutos apenas se le escuchaba balbucear su nombre con una disculpa como apellido. Decidí salir en su ayuda. Lo cogí por los hombros ya encogidos del todo y grité mientras lo arrastraba fuera de esa cloaca: “No le hagáis caso, es que era un fumador, pero lo está dejando”. No hizo falta más. Montones distintos de susurros se sumaron a las cabezas que asentían la misma sentencia: “Eso lo explica todo”.

Pobre, mientras salíamos a la superficie no paraba de darme las gracias; que si no se había dado cuenta de lo que preguntaba, que sentía haber sido tan insensato, que si cómo me llamaba, que qué buena mi salida para sacarlo, que si podíamos charlar un rato… Tuve que empujarlo y patearlo con dureza para que se me apartara. Tengo mucho que aprender y no tengo tiempo de escuchar ni de comprender nada; estoy muy ocupada.

Las explicaciones salen caras, pero yo no tengo tan podrido aún el corazón, así que cuando me miró desde el suelo con esos ojos tan mortales y tan estúpidos, tan llenos de lágrimas y de desolación, le regalé seis palabras: Hace cinco días que no fumo. Listo, suficiente: se abrió la luz en su mirada que sonrió comprensiva y se despidió deseándome suerte. Suerte… qué tendrá que ver la suerte con la desgracia. Bueno, lo que importa es que ahora ya sabe más que esa pandilla de necios que casi lo matan.

No creo que vuelva a otra de esas reuniones; apestan a tabaco y no se aprende nada.