Tú dices Basta
y yo paro en seco.
Te obedezco.
Te obedeces.
Ninguno de los dos se mueve.

Pero nada se frena, nada se detiene.

Nos caen desde el maletero todas juntas las nostalgias.
Se nos viene encima una avalancha de lágrimas.

Seguiremos quietos.

Yo sé que maldecimos
los dos tu Basta.
Tú sabes que yendo hacia ninguna parte
pesamos menos.

Ambos sabemos.
Ambos nos decimos:
aguanta, mi vida, ten paciencia
y no pienses. ¿Quién sabe?
Quizá todo sea liviano
cuando pase el tiempo.

Quizá llegue el instante
en el que no nos acordemos
ya casi
de la locura que hace
que aunque ninguno se mueva,
nada se frene,
ni nada se detenga.