Igual que hay soledades que dependen de una sola ausencia, hay celebraciones que con todos menos uno, se vuelven tristes como funerales y solemnes como inhumaciones.

Hay fiestas en las que vestirse de boda y de alegría no sirve de nada porque lo que toca es ir detrás de un duelo. Entonces las galas se vuelven disfraces y la música cuchillos que rompen el pecho sin ningún permiso; las risas suenan a burlas de payasos y los cohetes a tiros por la espalda.

Así que, hay fechas en las que sólo queda dejarse llevar y mentir diciendo que la emoción te enmudece de pura alegría, o esperar ese día al año en el que la generosidad de todos los santos da permiso para llorar. Ésa es la mejor forma de camuflarse entre las fechas rojas mientras se espera la vuelta de los otros días; los días normales, los días grises de cosas iguales, esos días amables que no obligan a celebrar ni a elegir de qué vestirse ni cómo mentir. Los tranquilos días de nada.

Igual que hay músicas que se quedan en la puerta esperando otra fiesta para la que tocar, hay quienes se agazapan al pie del calendario a esperar a que el mundo se canse de organizar festejos, para poder respirar en paz.

Y es que, hay fechas que al no poder ser celebradas, se convierten en sentencias.