12 Octubre 2008
- ¿Qué hay, Piedra?
- Hola, Marea.
- ¿Todo bien?
- Claro.
- Vamos, Piedra, ¿qué pasa?
- Nada.
- Venga…
- Nada, Marea. Nada que entiendas.
- Oye, te conozco mejor de lo que crees. Te he dado mil vueltas mil veces. Cuando te embisto con fuerza, aunque nadie lo note, yo sé que te mueves. Recojo las partículas que se te sueltan y las reparto lejos para que no las veas. Cuando te abrazo, te mido cada vez más pequeña, con más grietas, y nunca digo nada, pero hoy… hoy tu color es distinto, como más de arena…
- No digas bobadas, sigo siendo inmensa.
- Lo sé, lo eres. Por eso mismo. ¿Qué tienes?
- ¿Tú no te cansas de ir y venir siempre?
- No.
- ¿Y crees que Viento se cansa de hacerlo?
- No lo sé, creo que no.
- Pues yo estoy harta; harta de veros bailar. Estoy cansada de vuestras idas y vueltas, de esperar a que me hagáis roma y suficientemente pequeña para que pueda rodar. Me pesa ver todo moverse estando tan quieta. Me canso, Marea, me canso de ser Piedra, me duele no romperme en la playa, no volar con la tormenta, no pegarme a otras piedras, no alimentar a nadie ni aumentar nada…
- Pero tú sujetas, mantienes, eres casa, se te aferran…
- Eso es de lo que más me canso.
- No sé qué decir, Piedra.
- Dí “todo llegará”.
- Sí, todo llegará y algún día serás pequeña.
- Y rodaré…
- Y rodarás.
- Gracias, Marea.
- ¿Por qué?
- Por gastarme un poco más.
- Hasta la vuelta, Piedra.
- Hasta que vuelvas, Marea.
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11 Octubre 2008
Estreno de curso;
huele a nuevo.
Tiembla el pulso con miedos viejos.
Sujeta la mano,
ordena;
prepara el sitio a los brotes tiernos.
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11 Octubre 2008
Vengo de la reunión de sabios. Todavía me duran las náuseas.
Allí estaban todos: Los Rectos, sacándole filo a sus normas para degollar cualquier atisbo de felicidad con sus consejos, mareando por diversión la verdad con las palabras. Los Pacientes, amasando despacio su desprecio por el tiempo, empalagando la esperanza con sonrisas de mezquino inconsciente, entonando sus mantras sin oídos ni ojos, sólo bocas, sólo lenguas y gargantas emitiendo “tiempo al tiempo” uno detrás de otro. También estaban Los Felices, crueles regordetes redondos y sonrientes infantes, recontadores incansables del amor que entre todos van reuniendo para seguir clavándolo en las espaldas encorvadas, en los ahogos inevitables, en las desesperanzas necesarias, en las rabias que quedarán estériles por culpa de su comprensión; qué peligro tienen esos abrazos sin lágrimas, esas sonrisas gratuitas y bobaliconas. Y por supuesto, no podían faltar Los Ausentes, que estaban todos, Los Hedonistas y Los Etéreos, dios, qué miedo dan, unos disfrutando por disfrutar, otros elevándose sin freno, todos chacales rabiosos defendiéndose contra todo para preservar su calma, mirando desde arriba sin tocar, sin saber, sin estar, escupiendo su indiferencia disfrazada de nirvana, acordonando su paraíso para no contagiarse de nada, sacudiendo la cabeza para que no se les pueda llenar, cerrando el corazón a cal y canto para seguir siendo los más altos, los más sabios, los mejores. Allí estaban todos, avariciosos y mezquinos poseedores de saberes, acunadores de falsos secretos, alimentadores de servilismos y debilidades superfluas, decoradores de cárceles ajenas, caníbales de misterios, cerdos devoradores de tragicomedias con tal de coleccionar más verdades, más medallas; mentirosos y hábiles actores. Allí estaban, mirándose sin quererlo entre ellos, sin poder disimular, ni por costumbre, su desprecio mutuo, su desprecio por todo lo que no luzca su sello.
Allí estaban todos y casi llevan entre todos al suicidio a un pobre hombre al que en mala hora se le ocurrió pedirles consejo. Dijo que quería un sitio, que necesitaba un sitio desde el que seguir viviendo. Imagínate, no se dirigió a ningún grupo en concreto ni a ningún líder; imagínate la que se organizó. El pobre empezó a defenderse como pudo de las acusaciones, de las preguntas, de los análisis y de los desprecios, hasta que al par de minutos apenas se le escuchaba balbucear su nombre con una disculpa como apellido. Decidí salir en su ayuda. Lo cogí por los hombros ya encogidos del todo y grité mientras lo arrastraba fuera de esa cloaca: “No le hagáis caso, es que era un fumador, pero lo está dejando”. No hizo falta más. Montones distintos de susurros se sumaron a las cabezas que asentían la misma sentencia: “Eso lo explica todo”.
Pobre, mientras salíamos a la superficie no paraba de darme las gracias; que si no se había dado cuenta de lo que preguntaba, que sentía haber sido tan insensato, que si cómo me llamaba, que qué buena mi salida para sacarlo, que si podíamos charlar un rato… Tuve que empujarlo y patearlo con dureza para que se me apartara. Tengo mucho que aprender y no tengo tiempo de escuchar ni de comprender nada; estoy muy ocupada.
Las explicaciones salen caras, pero yo no tengo tan podrido aún el corazón, así que cuando me miró desde el suelo con esos ojos tan mortales y tan estúpidos, tan llenos de lágrimas y de desolación, le regalé seis palabras: Hace cinco días que no fumo. Listo, suficiente: se abrió la luz en su mirada que sonrió comprensiva y se despidió deseándome suerte. Suerte… qué tendrá que ver la suerte con la desgracia. Bueno, lo que importa es que ahora ya sabe más que esa pandilla de necios que casi lo matan.
No creo que vuelva a otra de esas reuniones; apestan a tabaco y no se aprende nada.
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6 Septiembre 2008
¿Que quién es?
Ni más ni menos
que la otra mitad.
Mi excentricidad sin pudores
mi "porque sí" sin excusas
mi sinrazón poderosa,
el "y a mí qué”
el “ahora o nunca”
mi Carpe Diem
el “no me da la gana”
el “me la suda”.
Todo lo que está encerrado
por mi propio bien.
Es quien lleva mis cicatrices en la otra pierna
y mis voces altas en la garganta.
Acabo de verlo.
Estaba yo mirando
ese mar enmarcado de playa organizada
con gente ordenada paseando
sobre sus zapatos de tacón,
cuando se ha plantado delante,
desnudo,
retándome y empujándome.
“¿A que no hay huevos?”
Claro que no.
Se ha ido nadando.
Se ha perdido en ese horizonte de calendario
y yo me he quedado mirando,
perfectamente situada,
mitad viva mitad muerta
resumida y reeducada,
lista para contestar
que me quedo con el “bien”
porque un pobre medio todo
nunca llega a ser genial.
¿Que quién es?
Quién va a ser.
Mi otra mitad.
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27 Agosto 2008
Incubete y Sucubina eran dos diablillos a quienes en las mareas subidas de las lunas plenas, se les ponía cara de dioses y andar de ingrávidos.
Se conocieron mareando una última llena. Durante un tiempo siempre corto y a ratos siempre escasos, fueron sumando encuentros siempre pocos pero todos para siempre. Con ellos marinaron sus momentos, evitando las sobras y merodeando por el centro, escogiendo lo mejor de cualquier mundo y devorándolo para crecerse hasta dos tallas más que los tritones y las nereidas.
Una y otra vez agradecidos y avariciosos, de sus reuniones fueron saliendo fuertes y de sus despedidas, derrotados; y es que llegaban al cielo desde dos rincones muy dispares del infierno, y como eso era malo, pues también era bueno. Para eso las lunas, los dioses y los diablos son cambiantes,
caprichosos;
incoherentes.
Así que un día, haciendo gala de su incongruencia, decidieron poner un fin cuerdo a la locura. Eligieron fecha para el último de los banquetes sin saber que sería el mayor de los excesos; un festín que, en contra de las lunas y a pesar de los dioses, sería tan grande como la suma de los resúmenes. Y después hicieron lo que sí tenían pensado: devolvieron las caras, los andares y la altura, y se pusieron de nuevo los pesados nombres que se les leerían en las espaldas desde lejos.
Para postre y como colmo del montón de fuegos, al margen de lo que se entendiera y ajenos a lo que se aprobara, Incubete y Sucubina se empeñaron en quedarse en el regreso con un trozo de su para siempre debajo de la piel quemada,
para arder a pocos,
para arder del todo,
para arder al tiempo.
Y eso hicieron. No hay nada reprobable en los diablillos, ni nada que aplaudir de los titanes; cada uno se coloca donde puede.
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18 Agosto 2008
Hubieses jurado que él te conocía
y habría sido en vano;
los tiempos cambian.
Hace bien en no hacerte sitio
Hace bien en darte la espalda
Hace bien en menguar tu nombre
y alardear de que no te trata.
Mejor que no mida tu talla
ni agrande tus letras
y salga corriendo.
Mejor que se mantenga lejos
por si lo que a ti te pesa
a él, le aplasta.
Haces bien, cuida de tu sitio
Haces bien, no le des la espalda
Haces bien, no olvides su nombre
y grábate otra vez su cara.
Hubieses apostado a que lo conocías
y habrías perdido;
los tiempos cambian.
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17 Agosto 2008
Le dio a las llaves las dos vueltas de rigor de las ausencias largas y abrió la puerta asomando la cara y arrastrando la maleta. Encendió las luces sin sorpresa y no se sintió contenta por estar en casa. Alivio sí, por los pocos pasos hasta el montón de horas de sueño que la esperaban; horas que serían días si por ella fuera.
En la esquina del pasillo, en un espejo, se encontró con ella, la maleta y unas sombras que no supo de quién eran. Se vio más vieja de lo que recordaba. Iba a ignorarse pero no pudo y se quedó clavada, preguntándose a dónde ahora; ahora, qué.
A dormir, se dijo, a dormir y a apagar las luces y mañana ya vería, y si no, a la siguiente, que otra cosa no, pero días tenía de sobra, y la suerte de dormir las noches como si no pasara nada.
Que descanséis, les dijo a las sombras dejándolas a oscuras para que se sintieran cómodas y escogió una nana para desaparecer con ella hasta la mañana.
De un lado a otro
La campana se mece
De un lado a otro
El aire se entretiene
De un lado a otro
Muchos ojos se cierran
De un lado a otro
Las ganas se marean.
Si no te mueves
Si te estás quieta
Todo se esconde y
Nadie te encuentra.
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22 Julio 2008
En un gran continente lleno de costumbres y de gentes, vivía un joven aún por definir.
Iba a cumplir la edad de tomar decisiones importantes y, abrumado y excitado, se preparó para el aprendizaje. Para poder escoger qué vida iba a vivir, dónde y con quién, debía seguir la tradición y aventurarse, lección tras lección, hacia su edad madura.
Así, siguiendo los pasos de sus antepasados, comenzó su particular periplo partido en varios viajes. De uno en uno, iría conociendo todos los puertos y los interiores; de uno en uno, iría descartando o eligiendo sus caminos.
Como era costumbre, antes de cada partida un ser querido le entregó un regalo y un consejo. En el primer viaje llevó el catalejo y la curiosidad de su abuelo. En el segundo, la brújula y la firmeza de su madre. En el tercero, el juguete y la despreocupación de su amigo. En el cuarto, la linterna y la prudencia de su padre. En el quinto, la lupa y la desconfianza de su hermana.
En el último regreso se reconoció triste, desilusionado y perdido. Había vuelto cinco veces con la cabeza llena y las manos vacías. No le quedaban misterios ni preguntas, ni retenía ninguna de las respuestas. Pero aún le quedaba una partida. Su abuela lo miró feliz de verlo tan desorientado. Le puso un cuaderno virgen en las manos y le susurró al oído: “paciencia”.
Y así volvió a irse el joven, abrumado y excitado, preparado para no aprender nada y dispuesto a llenar su cuaderno sin saber ni dónde, ni con qué, ni cuándo.
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